lunes, febrero 14, 2011

La luz quieta distante
quebrada como el sonido
del viento
y las huellas de olas que se desvanecen
y vienen y van
como sombras de animales extraños que se alejan
o vienen
o van

Y de pronto entre el mar
y la noche oscura
una balsa en vaivén
como la hoja que cae

jueves, febrero 03, 2011

El ascensor olía a viejo
tal vez todos los viejos huelen igual, o tal vez
no, cerré la puerta, tallarines
también pensé que todos estamos muriendo
unos más lento, quizá
es como tratar de fijar la vista mientras estás en movimiento
tal vez en un tiempo, el único césped
sobre el cual podremos descansar,
será el de un cementerio

martes, enero 18, 2011

Cuándo la gente se dejó de mirar

viernes, enero 14, 2011

Cuando me encontré

en medio del silencio

viernes, diciembre 24, 2010

Le pregunté al sol:

¿Por qué me haces creer en Dios?

viernes, octubre 29, 2010

El cemento rajado
boletos de autobús y hojas secas
la ciudad ríe

lunes, julio 19, 2010

El crujir de una hoja muerta.

Ya había caído del cielo.

17 de Marzo

martes, marzo 16, 2010

Caminando un día por ahí
que no me entere, Señor, que he muerto
y siga andando por la alameda con sol.
José Watanabe.

Sigues andando, padre.

jueves, enero 21, 2010

El viento llevaba mensajes de otros
y entre dos colinas pobladas de verde
el sol muriente se alzaba
mientras un mar templado
desembocaba en un muro de ladrillos.

Abajo, a varios metros

miércoles, diciembre 30, 2009

:

Detrás del muro
el cielo a dos aguas

Panteón

martes, diciembre 29, 2009

Estoy acostado a tu lado, como tantas veces
mirando un techo de nubes blancas
y reposando sobre hierba amarillenta

Sigo esperando con terquedad de niño
idiota
a que estas masas de tierra
te dejen
respirar otra vez

(respira una vez más)

Ahora eres parte de la tierra, del todo
y yo respiro este aire enrarecido al que ya perteneces.

Medio

martes, diciembre 22, 2009

Aquí el otoño no se conoce, y sin embargo
sostengo para ti un árbol
de hojas secas y colores apagados
en la palma de mi mano.

martes, diciembre 15, 2009

Es bonito pensar
que la música empezó
con un gran par de palmas
y la pierna lisa
de una mujer desnuda.

domingo, noviembre 22, 2009

Recuerdo a pesar
de la frágil memoria
que me acompaña:

¿Ves, hijo?:
Un poeta escribe en todo momento
aún cuando se está muriendo, dijiste.

Papá, tú no estás muriendo, respondí.

Todos estamos muriendo,
unos más lento que otros.

En este país

sábado, noviembre 21, 2009

de brisas suaves pero violentas
de reflejos turbios
y de sombras de sabores grises

Las gotas suenan a lo lejos
en triste ausencia de lo vivido
y las ramas y las hojas
tan muertas o tan vivas
condenadas a agitarse
en son de una fuerza mayor

Aquí es donde la gente sabe
lo que no debería:
no hay muerte sin vida
no hay vida sin muerte

Y me sabe a gris
porque somos metal golpeado
por frío y calor a un tiempo mismo
porque somos piedra
que con agua siente

¡Hogar, dulce hogar!; en construcción

viernes, noviembre 06, 2009

Tal vez, sin embargo y a pesar de todo era buena idea volver a casa.

En compañía de una cara larga, el Señor Prialis iba a la deriva con una gran maleta de cuero verde en una mano y un bastón de antaño en la otra.

Sus pisadas cansadas y el golpe del bastón sobre el pavimento generaban una síncopa mientras el sujeto arrastraba la enorme maleta y los ochenta y cinco kilos de su cuerpo mismo. En la cúspide de éste, en el metro noventa y dos, descansaba un sombrero negro alargado.

El Sr. Prialis caminaba evitando puentes y semáforos. Dada la hora, se vería libre de aquellos obstáculos y podría movilizar sin mayores percances a su cuerpo poco hábil y su pierna izquierda mal puesta.

Al acercarse a su último destino, la calle 62, divisó gran cantidad de señalizaciones de construcción, pero nada “en construcción”. Pensó haberse equivocado de domicilio, pero al acercarse un poco más se topó con la sorpresa de que estaba parado frente a su propia casa; la misma casa de siempre, apretujada entre otras dos con bordes de ladrillos altos cada una.

“Cuidado, hombres trabajando”, decía un cartel acomodado cerca de la puerta. “Deberían hacer uno así para políticos”, pensó con una sonrisa en el rostro. Y sin dar mayor importancia a las señalizaciones y asumiendo que se trataba de un simple malentendido, se apresuró en arrastrar la maleta unos pocos metros más, abriendo la puerta de la reja, atravesando el jardín y, por último, ingresando por la puerta de la casa.

Habiendo entrado, aspiró profundamente, disfrutando el olor a hogar; estaba todo justo y como lo había dejado.

Se dibujó una sonrisa en el rostro del hombre. Acto seguido, se sacó el abrigo, que ya sentía pesado, y lo colgó en el perchero. Se estiró como quien se estira después de una larga siesta, dejó el bastón apoyado en la pared de madera con calados de rayas verticales y tomó el sombrero negro con una mano, lanzándolo por los aires, en dirección al sillón de cuero negro, como un boomerang sin retorno. El sombrero aterriza con éxito en el segundo cojín y el señor Prialis decide sentarse en el primero.

Dadas las circunstancias perimétricas de la sala, el sillón se veía obligado a entrar apretado y, sobre todo, a estar bastante pegado al televisor, separándose por tan sólo medio metro de distancia; y era ésta la distancia ideal para modular el canal y volumen deseados con ayuda de un dedo gordo del pie y un poco de esfuerzo flexible.

El señor Prialis tanteó un rato, buscando algo interesante que ver. Al cabo de unos momentos decidió caer rendido, dejando en sintonía un documental poco interesante que evocaba recuerdos poco gratos en él; un documental titulado “La menopausia: orígenes y consecuencias”. Volteó a ver su pequeña casa de una planta una vez más, y estaba todo tal y como lo había dejado; aún había algunos platos sucios en el lavadero que el señor Prialis estaba decidido limpiar, tal vez mañana, tal vez pasado. Y sin contar ovejas y contando platos cayó en el reino de los sueños, donde éstos gobiernan algunas muchas veces, casi siempre, en él.

Se despertó sintiendo que había pasado tan sólo un instante, como un abrir y cerrar de ojos en el que la noche pasa inadvertida y llega el día descalzo, sin que nadie lo escuche o se percate de su presencia.

El señor Prialis despertó mientras la cabeza le dolía como si un taladro penetrara en su cráneo de forma inescrupulosa al momento que, sorpresivamente, sonaban taladros, soldaduras y martillazos desde afuera. El hombre se encontró con un gran charco de saliva de forma oval en el sillón de cuero, donde su cabeza y cuerpo, que sumaban aún ochenta y cinco kilos, descansaron por un promedio de siete horas. Cerró bien la boca, tragó saliva y se limpió con la manga.

Lamentándose por el charco en el sillón, el señor Prialis cogió su bastón de tres generaciones de uso y recorrió la pequeña porción de su casa camino a la puerta, mientras se cogía la cabeza con fuerza y el dolor lo acechaba al tiempo mismo en que sonaba un ruido intenso desde afuera.

Abrió la puerta con rapidez y se apresuró aún más en recorrer el pequeño patio, divisando a cuatro hombres frente a su reja, dos de ellos en terno, una ridícula corbata michi y un sombrero negro, como de esos antiguos.

El señor Prialis frunció el ceño, achicando los ojos y haciendo una mueca de fastidio con la boca; resaltaron sus arrugas fuertemente labradas. Dejó en paz su cabeza con bastante pelo gris y blanco aún presente y exclamó con fuerza:

- ¡¿Qué demonios creen que están haciendo?! - gritó en pugna del ruido penetrante, levantando el bastón amenazadoramente.

- ¡Más estaño!, ¡más estaño! – terminaba de gritar un muchacho de unos treinta años de edad al obrero que soldaba la puerta de la reja con la reja misma. Mientras, volteaba la mirada, dirigiéndola al viejo.

- ¡Señor, viene usted justo a tiempo! Mi nombre es Franz. Es un gusto – pasó la palma de la mano por la reja, en señal de saludo.

- Y yo soy Marz. Un gusto – hizo lo mismo, extendiendo la mano.

Prialis se vio sorprendido y no remedió más que a responder al saludo y estrechar un par de manos; el taladro penetraba en el piso con fuerza, pretendiendo quebrar el pavimento que cercaba la puerta.

- ¡Dios mío! ¿Podría parar de hacer eso?

- ¡Lo siento, estamos contra el tiempo! – gritó Franz con una sonrisa pragmática mientras el muchacho del taladro seguía haciendo lo propio, sin haber si quiera pestañeado.

El señor Prialis agitó la puerta de la reja, la cual no se movió considerablemente.

- Oh, no se preocupe usted. Quedará compacta y fuertemente soldada.

- Pero, ¿qué hacen? – preguntaba el viejo más preocupado que furioso – ¡Quiero ver papeles, permisos!

- Marz, por favor.

El tipo obedeció de inmediato (de seguro se trataba de un subordinado): abrió el pequeño maletín de negocios y sacó de él un fajo grueso de papeles con pequeñas letras impresas en cada una de las páginas.

- Tiene, digamos, más del tiempo suficiente para leer con atención.

- ¡¿Pero es que acaso están ciegos?! ¡Estoy adentro! - decía Prialis tratando de abrir la puerta de la reja, agitándola con fuerza sin conseguir moverla.

- En efecto, lo está. Y no estamos ciegos… aunque, a decir verdad, tu tía sufre de eso, ¿no es así, Marz?

- Oh, sí, pobre de ella, está perdiendo la vista ¡Tan sólo espero que no sea genético y que no me lo haya heredado!

- Pues es probable, amigo mío... - Marz se sobó los ojos, para percatarse de si aún veía - ¿Y cómo está la familia? ¿Qué tal los niños, la esposa?

- Oh, muy bien, bien. La esposa bien y los niños cada vez más grandes, feos y desobedientes.

Comenzaron a reír, dejando al señor Prialis con la mirada perdida.

- ¡Oye!, ¿y qué me dices de Paula, como está ella?

- Ya te dije que tiene novio, Franz, ¡entiende! - dijo Marz en tono de burla.

- ¡Perdón que interrumpa!, ¡pero exijo una explicación a mi situación! – dijo indignado, el hombre.

- La tendrá, señor César Prialis, la tendrá… pero todo en el momento debido. Entre tanto, usted tiene esos papeles. Allí dice con detalle pequeña porción de lo que tenemos como obligación. Y, verá, usted no hizo caso a las señalizaciones, y eso no es culpa nuestra, escapa totalmente de nuestras manos – respondió Franz al momento en que Marz indicaba al soldador dónde poner unas barras de hierro en el espacio taladrado, para después soldarlas.

- ¿Qué señalizaciones?

- ¡Señor, el letrero es claro! Dice “Cuidado, hombres trabajando”… – dijo tomando el cartel y volteándolo a la vista del viejo, que estaba detrás de la reja – Que usted no haga caso a la ley y sus normas no es culpa nuestra.

- ¿Es esto una broma?

- Oh, no, señor, no. Nosotros no bromeamos, al menos no en horas de trabajo. Tan sólo reímos y, corríjame si cometo equivocación, señor, pero tenemos entendido que reír no es bromear en lo absoluto.

- ¡Pero tengo derechos! ¡No pueden invadir mi propiedad de esta manera! – decía el viejo, desesperado.

- Oh, podemos, podemos. Tan sólo acatamos órdenes superiores y, créame, ellos no conocen la equivocación.

- ¡Que no sean conocedores del error y la equivocación no significa que no la cometan!

- Es eso falso. De otro modo, es muy cierto lo que dice mi compañero Franz: sus cálculos son fríos y perfectamente calculados. Tenemos fe ciega en ellos – argumentó el otro, a favor de su camarada.

- Pero sí que parecen sacados de una comedia de mal gusto, ¡y qué formas de hablar! Apelo a su humanidad, muchachos. ¿Cómo pueden encerrarme de esta manera?

Comenzaron a reír a carcajadas, como si el viejo hubiera contado algún chiste realmente bueno.

- Señor César Prialis, créanos, hemos cometido cosas peores en nombre de la ley - decía Franz con una sonrisa en el rostro, como diciendo lo evidente a alguien que no comprende.

- ¡Y sí que lo hemos hecho!... ¡Es más! Tenemos más visitas que realizar – dijo Marz.

De repente, éste último cambió de gesto inmediatamente, se mantuvo serio y meditó unos instantes. Acto seguido, le susurra algo al oído de Franz; Prialis se empeña en leerle los labios, pero sin obtener éxito alguno. Al rato, Franz dirige una mirada de comprensión forzada al señor Prialis, como una mirada de compasión que se le dirige a un niño, sabiendo que es culpable de la travesura pero que haberla cometido escapa de sus manos; sabiendo que es naturaleza propia del infante.

- Señor, ¿cuántos años tiene usted?... Si bien tengo entendido, usted tiene cincuenta y cuatro, ¿no es así?

- Cincuenta y cinco, contando el día de hoy – dijo, apenado, el viejo.

- ¡Señor!, ¿entonces por qué esa cara? Usted cumple años, ¡alégrese! – exclamó de repente el obrero que taladraba que, habiendo terminado, descansaba sentado en el suelo, observando y escuchando a los hombres, como si se tratáse de una obra de teatro.

- Bueno, señor – comenzó Franz, haciendo caso omiso al comentario del tipo – Ya cincuenta y cinco años… Ya es un poco elevado, ¿no cree?

- No comprendo… ¿qué intenta decirme? – dijo, extrañado, el señor Prialis.

- Que está usted un poco, digamos, coloquialmente, ya un poco viejo – dijo con la misma cara de comprensión pasiva.

- ¿Cómo te atreves, muchacho maleducado? – dijo en tono amenazante, el viejo, empuñando con fuerza el bastón.

- Oh, señor, por favor no me malinterprete… Sólo intento decirle algo simple y, tomando en cuenta su inteligencia, espero pueda entender – hablaba con un tono extremadamente suave; el tono que usas con un loco inofensivo para decirle que, evidentemente, ha perdido la cordura.

- Pues diga, muchacho – respondió impaciente.

- Sólo digo que la edad interviene en nuestra manera de actuar… sólo eso, y creo que es por esto que no comprende como es debido lo que sucede en estos instantes. Nuestro deber, quiero decir.

- No le estoy siguiendo.

- Mire, le pongo un ejemplo simple: un adolescente. Verá usted, éste adolece y siente que ya ha vivido demasiado, así como se siente deprimido o extremadamente feliz; hay un cierto nivel de bipolaridad… Bien, las edades a veces juegan malas pasadas… y es usted ya un poco mayor…

- ¿Me estás llamando senil?

- En otras palabras, sí.

El viejo empuñó con fuerza el bastón y, al ver Franz su reacción, éste alegó: - ¡Pero me lo dijo Marz! ¡Fue todo idea suya!

- Sí, señor, lo lamento. Sucede que, así como casi ciega, también mi tía presenta algunos síntomas de la edad. Déjeme explicarle… - En eso vino un tipo con casco de obrero, silbando y avanzando a paso relajado con un martillo en una mano y una pequeña caja transparente con clavos de hierro en la otra, agitándolos y generando un leve sonido.

- ¡Terminé! Ya tapé todas las ventanas habidas y por haber.

- ¡Bien hecho!

- Bueno, aquí nuestra labor acabó ¡Vamos, muchachos! – y se dieron todos media vuelta, en dirección al este.

- ¡No, por favor no se marchen!

- ¡El deber nos llama, señor! – dice Franz.

- Y no dudamos de su inteligencia, sabemos que podrá comprender la situación – dice Marz al momento en que los obreros se despedían de forma amigable con la mano.

- ¡Demonios, no me dejen! ¡¿Qué no ven?! ¡No puedo moverme con facilidad, y mucho menos podré salir!

- ¡Entonces queda confirmado, hemos hecho bien nuestro trabajo! – dijo Franz en compañía de una sonrisa inescrutable.

- ¡Que tenga un buen día!

- ¡Y que tenga un feliz cumpleaños!

- ¡Malditos sean! – decía agitando con desesperación la puerta; ésta se encontraba compacta y fuertemente soldada. No se movió en absoluto.

Y se retiraron todos, siendo seguidos por el sonido del que cada vez más se alejaban.

El sol salía; el viejo gritaba; las sombras de los hombres se alargaban.

Atardece por el oeste

martes, noviembre 03, 2009

Y se sumerge sin salpicar gota alguna
el sol
lejos
en su vasto y poderoso reino
donde lo que es
es simplemente

He decidido
aquí sentado
que iré
a donde el sol se pierde
y me perderé con él
en ese
su inmenso y poderoso reino
para ser
y simplemente ser

Experimento: "Crónicas de un hombre invencible"- Parte última

-Bueno, ahora explícame – dijo el hombre acomodándose en su silla - ¿Soy lo que soy gracias a mi pasado?

-Pero claro, Truman. Me sorprende que alguien tan inteligente como tú no se percate de aquello.

-Ahórrate los cumplidos.

-Está bien… Todos somos producto de nuestro pasado, Truman… -medité unos instantes con el ceño fruncido - ¿Todo tiempo pasado fue mejor? No lo creo, todo tiempo pasado fue anterior. Sí, es como es. No soy adivino, Truman, pero es obvio que hay algo en tu pasado, algo doloroso, algo que te hizo ser quien eres ahora, una herida tan profunda que aún no cicatriza, tal vez porque no has dejado que lo haga… Si quieres que cicatrice, antes debe doler. El alcohol arde, ¿sabes? Algo te pasó, alguna muerte cercana, probablemente. Es por eso que te dedicas a ayudar. Cuando alguien muere comienza una nueva vida, Sr. Risk. Eres de los que ha vivido más de una vez, pero no hablo de temas de reencarnación, ni mucho menos. Hablo de cambiar, de conocer, de reconocer. Dudo que hayas tenido una infancia fácil, pero tal vez hay algo más, algo que te marcó como se marca a los caballos con un grabado hecho en metal y calentado hasta niveles infernales… No debes avergonzarte de nada, sólo te quiero ayudar, eso es todo. Sé que duele, pero debes dejarlo ir, soltarlo, mostrarlo.

Se hizo un silencio como de sepulcro. Truman Risk tenía la mirada perdida en un punto vacío, mirando a la nada. La expectativa del público aumentaba cada vez más. Nadie hablaba, sólo se esperaba.
De pronto y sin aviso previo sucede algo.
La torre se desmorona, se quiebra, se derrumba.
Truman Risk partió a llorar. La prensa se había quedado tan estúpida ante la escena que no era capaz de apretar al gatillo y disparar las luces cegadoras de las cámaras.

El llanto seguía, acompañado por fuertes sollozos y ahogados gritos.
Era un llanto cargado de dolor, de esos que son un volcán contenido de penurias emocionales desde hace mucho tiempo. Eventualmente, el volcán estalla.

La torre parlante se agitaba desconsoladamente, agarrándose la cabeza y apoyando los codos sobre la mesa. Truman se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa. Se quitó, también, el negro sombrero que llevaba puesto y lo posó sobre su pecho, tratando de tranquilizarse. La absorta audiencia tan sólo observaba la película dramática, algunos boquiabiertos y otros sumergiéndose en la historia.

Las lágrimas aún caían, Truman se mantenía cabizbajo con el sombrero sobre el pecho, como si estuviera en el funeral de algún pariente cercano, o en el entierro del mismo.
Entierro.

Frío costero y masas densas de humedad en forma de niebla. Ésta se condensaba de a pocos sobre mi rostro, volviéndose gotas sobre él; las lágrimas nunca llegaron, tan sólo gotas ajenas a mí; gotas del ambiente neblinoso.

Un aroma a flores de invernadero flota en el ambiente. Las mismas flores que nunca supe tratar ahora tampoco saben tratarme a mí. Como quien descuida y es tratado de la misma forma después.

La terapia grupal comienza, esta vez sobre el pasto verde y, por zonas, amarillento a causa del sol voluntarioso. La música suena a todo volumen. Instrumentos de cuerda y viento; voces hermosas entonándose a distintos decibeles y combinándose, formando una masa de sonido tan densa como la niebla misma que circunda el lugar; una gran corriente unificada de voces humanas sin apoyo artificial; pulmones hinchados entonando de forma entusiasta la más profunda de las penas. “Y, de repente, la soledad se puebla.”

El pueblo de pie y el terapeuta, todo envuelto en túnicas blancas, entra en escena, mirando altaneramente a los pacientes y saludándolos con tan sólo la mirada. Un aroma a superioridad surge desde el susodicho. El terapeuta abre la boca lentamente, como quien abre una lata de atún, y la música cesa de inmediato. La lata abre, y lo primero que sale es el aceite: comienzan las prédicas de psicología barata y las declamaciones celestiales, sin lugar a ser cuestionadas, claro. Las palabras van cuidadosamente acomodadas de forma coordinada por movimientos lentos pero seguros, como extender los brazos hacia los lados o levantar la mirada al cielo sin verlo realmente; con los ojos cerrados, a ciegas, es como se hace en nuestros días. Los pacientes, embelesados, reciben, acogen y tragan las palabras como si se tratasen de un alimento divino o del elixir para la vida eterna; la hipocresía y dependencia abundan en el aire. El terapeuta de blanco sin título profesional se retira, siendo seguido por miradas de misericordia.

- ¿Qué habrías dicho? – pregunté al cielo con el pensamiento.

No había mucha gente, tampoco había poca.

Un viejo con pelo gris, en compañía de dos mujeres, una alta y una baja, una adulta y una niña, se aproximaba a mí con la mirada atenta, como estudiándome y preparando palabras adecuadas.

- Lamentamos su pérdida – dijo el anciano – Siempre los recordaremos. Oh, creo que no lo mencioné, conocimos a Naira. Trabajaba con ella y alguna vez la invité a cenar a casa. Nos hablaba mucho de ti, y hasta nos mostró una fotografía. Me apena decírtelo, pero esa es la única manera como te pude reconocer… Esta es mi esposa y esta mi hija – dijo señalándolas, sin, ellas, emitir palabra alguna – Naira fue una gran mujer, y ellos unos niños preciosos…

- Sí, lo sé mejor que nadie – dije fastidiado – Gracias, ya pueden marcharse.

- Adiós, Truman – y, desconcertados, obedecieron, acatando órdenes de un recién viudo.

Como era de esperar, nadie más se acercó a saludar. Nadie me conocía. Permanecí de pie por una par de horas más, paseando por las tumbas, como esperando que dijeran que era todo una falsa alarma. Pero no lo era; deseé que la vida fuera sueño y nada más.

- Naira y los niños fueron la única familia que tuve y las únicas personas que me conocieron… – dijo el hombre invencible al cabo de un momento de ausencia de palabras; las lágrimas aún caían - ¿Sabes que significa Naira? De ojos grandes. Y sí que los tenía, bellos ojos, grises y grandes como un par de lunas… A veces siento que llegaré a casa y encontraré alguna luz encendida y a ella leyendo o contándole alguna historia a los niños. Era muy buena en eso, ¿sabes? Yo nunca tuve ese talento, supongo que no se aprende – su mirada se desvió, siguiendo algo con los ojos, y brillando éstos, descubriendo un castaño verdoso – Es irónico que tan rápido termina una vida. Años de trabajo, de esfuerzo, y, de repente, ¡PLAF!, – dijo juntando con fuerza las grandes palmas de sus manos, dejando un pequeño espacio entre ellas y apresando a una mosca de proporciones exageradas – te aplastan como a una mosca. Y muy pocas veces sobrevives – soltó a la mosca y la dejó ir – Es por esto, Yusded, y entre otras cosas, que no creo en un dios al que le puedo echar la culpa, a quien puedo usar de excusa. Así lo creo, quien aprenda a aceptar la vida tal y como es aceptará a dios a su vez. Y yo aún no lo hago del todo.

Las lágrimas comenzaron a caer otra vez. Truman atinó a una simple cosa. Levantó el sombrero lentamente, hasta que éste llegó a la altura de su rostro. Acto seguido, se hundió con sus pensamientos en él. Unos instantes después se descubrió la cara: ya no había lágrima, pero algo quedaba. Me recordó a un truco teatro que alguna vez me enseñaron, aunque no fue exactamente lo mismo. El truco consistía en poner cara triste y, luego, en pasar la palma de tu mano frente a tu rostro, para luego descubrir un semblante radiante; feliz.

- Tranquilo, Truman – dijo el entrevistador tras haber caminado hacia él, tomándolo del hombro – Déjame invitarte un café, conozco un sitio muy bueno. Incluso trituran los granos de café colombiano ahí mismo. Vamos, ¿qué dices?

- Sí, me vendría bien un café.

Truman se levantó y le dio unas palmadas al muchacho en la espalda.

- Vamos, yo invito, – dijo – ya has hecho bastante por mí – y sonrieron ambos.

Se dieron media vuelta y el público les abrió paso, como si se tratase de Moisés abriendo, en dos grandes mitades, el mar rojo.

Lo mejor y más impresionante fue que nadie se atrevió a tomar foto alguna. Aunque pareció que, en algún momento, alguna luz, tan sólo una, apuntó a las espaldas de Yusded y Truman.

Ambos son hombres.

Todos los hombres son vulnerables.

Día de censo


Era una tarde de octubre. El frío calaba los huesos y el hecho de moverse era un tanto dificultoso. Era menester quedarse en casa para permanecer caliente y, en este caso, para llevar a cabo un exitoso censo; domingo al mediodía, nada que hacer y nada que esperar.

Tras una exhaustiva rutina, el muchacho encuestador, envuelto en polares, dos pares de calzoncillos, dos pares de medias, gorros y guantes sumamente gruesos, llegaba, con un pequeño portafolio de cuero, a uno de sus últimos destinos: la quinta “Roldán”, casa número 301.

La casa constaba de un garaje, dos ventanas delanteras y una gran puerta de madera de caoba, sin mencionar el gran ventanal circular que lucía de forma elegante en la cima del domicilio. Se trataba de una casa antigua ya algo maltratada por los años y con arrugas en el cuerpo que, sin embargo, resultaba bastante atractiva a primera vista. La casa presentaba, también, una apariencia extraña, de esas de lugar abandonado.

Para llegar a la puerta de entrada era necesario subir antes una gran escalera de piedra. Tras hacerlo, el muchacho se sacó el guante derecho, experimentando cierta dificultad al estar enteramente envuelto en lana, y extendió el dedo índice de la mano descubierta, tocando el timbre del 301.

Enseguida sonó un fuerte sonido, estremeciendo al muchacho y haciéndole dar un brinco. Desde dentro se escuchaba una risita, que cada vez se acercaba más, sonando cada vez un poco más fuerte. Sonaron varios candados desencadenándose y, después de algunos segundos de espera, se asomó una cabeza curiosa.

- ¡Hola!, ¿Qué tal? Pase, por favor – dijo el tipo con barba de mucho tiempo en el grande rostro, sonriendo - Bastante real, ¿no? León africano, una preciosura de timbre. ¡Me encanta ver como se llevan un buen susto!

- Y sí que me lo llevé – dijo tímido, el encuestador, mientras entraba a la casa, en dirección a la mano extendida del hombre.

Una bruma de calor invadió al encuestador, percatándose, también, de las ropas que llevaba puestas el hombre con barba: sandalias, pantalones cortos y una camiseta delgada. El clima del interior de la casa era nada más y nada menos que de trópico, lo cual llevó al encuestador, ahora más nervioso, a desabrigarse con suma rapidez. Sin embargo, gotas de sudor ya habrían asomado desde la cima de su cabeza, resbalado por ella y luego por su frente hasta caer de forma inesperada en el suelo alfombrado.

- Oh, debí advertirle del clima, lo siento. A veces me olvido de cómo es afuera. Compro comida por semestre, y así nunca me topo con el invierno – dijo sonriendo, el hombre.

- Ya veo… - dijo el encuestador – Bueno, aún tengo un par de sitios a dónde ir, así que debería empezar – dijo aclarándose la garganta.

- ¿Empezar qué? – pregunta el hombre, desconcertado.

- Pues el censo, claro – respondió.

- Oh, yo creí que venía a visitarme – dijo desilusionado – ¡Bueno!, ¿Qué más da?, ¿Whisky? – preguntó sirviendo.

- Bueno… - y el hombre le entrega un vaso – Está bien, supongo.

- ¡Ni siquiera estaba enterado del censo! – dijo exagerando.

- Pues claro que hay censo, por eso todos están en casa, esperando.

- Yo ando por aquí igual. Todo el día, todos los días. Es más, podrías venir a censarme todos los días, ¡y a censarme hasta que la muerte nos separe! – dijo con una sonrisa cálida.

El hombre deambuló por unos instantes mientras tomaba uno que otro trago de su Whisky Jim Beam, a mitad del pleno día, con cierto aire nostálgico.

- Puedes tomar asiento. Justo ahí – el encuestador toma asiento sobre uno de los sillones verdes con tono amarillento que, sin lugar a dudas, habían sido tocados por el tiempo. El hombre lo miró, como si estuviera a punto de tomarle una foto, y se retiró unos instantes.

La casa presentaba parámetros bastante amplios. Olía a polvo y a libro antiguo. El encuestador era amante del olor a libro antiguo por razones que desconocía. Tal vez porque evocaba en él recuerdos, y dicen que el olfato es el sentido que más estimula la cinta de memoria.

La casa se veía maltratada, aunque de manera agradable; el tiempo había dejado marca. Parecía, hasta cierto punto, un lugar de venta de antigüedades: habían pipas de todo tipo, tocadiscos, muebles envueltos en telas antiguas, alfombras con diseños disparatados de apariencia europea, una máquina de escribir Underwood, un teléfono de madera con chapas de cobre, una colección de botellas de coca-cola, unos cuantos relojes de madera muertos que indicaban con capricho una misma hora a todas horas… pero lo que más llamó la atención del entrevistador fue, sorprendentemente, algo nada antiguo. Frente al sillón donde tomaba asiento había una especie de mesa, en la que el barbudo posaba una bandeja de bocadillos tras una corta ausencia.

- ¿Bocadillos? – preguntó ofreciendo – Veo que ya te fijaste en mi nueva mesa. ¡Al fin le encontré un buen uso a esos libros de porquería! Y mira, se ven muy bien.

El entrevistador tomó un pequeño pan con queso de cabra de la bandeja casi como por reflejo, observando la gran mesa cuidadosamente acomodada de libros de todo tipo.

- Y no creas que odio los libros, ¡para nada! Soy amante de la lectura, pero me han ido atiborrando con estos libros infames. Desgraciados...

- Bueno, empecemos – dijo el joven desorientado.

- ¡Vale! – dijo emocionado, el hombre de las barbas, como si estuviera a punto de empezar algún juego.

- Em… ¿Nombre? – pregunta el encuestador, nervioso.

- Antonio Mississippi.

- ¿Eso es un nombre?

- ¡Pero claro!

- Bueno. ¿Tiene algún segundo nombre? ¿Y su segundo apellido?

- Nada de nada. Antonio Mississippi, sin más.

-Está bien, está bien, te contaré la historia. – dijo el señor Mississippi al ver tan desconcertado al muchacho – No es nada del otro mundo. Mis padres eran hippies, fieles a sus creencias; paz y amor, quiero decir… – dijo alzando dos dedos, el índice y el medio, de la mano izquierda – Y, bueno, una época vivieron en la región sur de los Estados Unidos. ¡Querían ser hippies al pie de la letra! En fin, la cuestión es que compraron un terreno, bueno, mejor dicho, lo tomaron prestado, y comenzaron a plantar hierba. Sucede que los federales encontraron ese terreno y comenzaron la persecución. Tras días de huir, mis padres llegan a las orillas de un hermoso río, el Mississippi. – dijo sonriendo - Y allí fue donde perdieron de vista a la autoridad, ¡se burlaron de ella! – dijo levantando el índice a la altura de su pómulo – y tras una noche de celebración, pasión y mucha marihuana crearon esto, – dijo señalándose el pecho – decidiendo llamarlo bajo el nombre de Antonio Mississippi, en honor al río que salvó sus pellejos.

El entrevistador quedó absorto.

- Lo sé, lo sé, es algo impresionante. Estoy muy orgulloso de ellos. Bueno, ¿piensas continuar?

- Emm… sí, ¿algún familiar?

- Claro, mis padres.

El encuestador comenzó a hurgar con la mirada.

- Pero se fueron de viaje.

- ¿A dónde?

- Quién sabe. Tal vez al cielo, tal vez al infierno. ¿Tú qué crees?

El encuestador se puso pálido y comenzó a sudar de nuevo.

- ¡Era broma, tranquilo, muchacho!, ¿no has oído hablar del humor negro?

- Disculpe, pero debo hacer el censo. A lo que me refería era a si vive con alguien o no.

- Oh, bueno, tan sólo vivimos… – desvió levemente la mirada y abrió grande los ojos – ¡Marx!, ¡Nietzsche!, ¿Qué diablos hacen?, ¡Dejen de estropear el sillón! Discúlpeme, ¡son unos maleducados!… ¡Ejem!, y yo también, no los presenté como es debido. Éstos son mis amigos, gatos y acompañantes: Marx y Nietzsche.

-¡Dios mío! –dijo pálido y estremecido, el muchacho, al ver a los felinos.

- Oh, son mansos, no se preocupe. Llevan ya cinco años conmigo. Son tan sólo gatos, muchacho, ¿a que le teme? Actúa como un niño. ¿Quién lo diría?, miedo a los gatos – comenzó a dar de carcajadas – Oh, ¡soy un tonto!, tampoco introduje a su conocimiento a mi gran loro onomatopéyico, bueno, su verdadero nombre es Patricio, porque lo trato como a uno.

- ¿Loro onomatopéyico?... – preguntó el entrevistador sudoroso y con la voz quebrada sin apartar la vista de los felinos -que ya se retiraban- presionando los costados del sillón, en donde reposaban sus codos y manos.

- ¡Así es! Así es como lo llamo, es un gran seudónimo. Ya lo verá, muchacho – dijo Antonio Mississippi con una sonrisa ancha.

Sonó algo siendo degollado y un felino volvió a entrar en escena.

- ¡Ya te dije que no traigas a esas ardillas!, ¡y mucho menos si están muertas! – gritó molesto el señor Mississippi – ¡¿Qué has hecho, Nietzsche?! – comenzó a arrebatarle al animal la criatura muerta.

El encuestador pareció afligido por la escena. Si bien por los gritos, también por la presencia de aquellos animales. Acto seguido, sonó un avión volando por los cielos, haciendo temblar levemente la colección de botellas de coca-cola del estante antiguo.

- ¡Fuuuuuuuuuuuuuuuuuuu!

- ¡¿Lo escuchaste?! – dijo volteando rápidamente – Ese es mi querido loro onomatopéyico. Nunca aprendió a imitar palabras, tan solo sonidos de cosas, como el avión que acaba de pasar. ¡Friedrich Nietzsche!, quédate justo donde estás, ya vengo– se paró y se dirigió a un pequeño patio interior – ¡Dios, no está en su jaula! ¡Loronomatopéyco!, ¿qué diablos haces? ¡No te comas mis plantas! ¡Patricio, maldito loro! ¡Suéltalas, maldito demonio! – gritaba furioso mientras luchaba a duelo con el loro, que mordía las plantas de apariencia extraña con mucho ahínco.

El encuestador, temblando, se paró como un títere a medias desarmado; a medias armado. Cogió el portafolio y sus papeles sin cuidado, doblándolos todos. Marx, el otro animal, comenzó a arañar el sillón y, acto seguido, comenzó una riña con Nietzsche por obtener la presa.

El muchacho estaba temblando cada vez más. Atinó, desesperado, a dirigirse rápidamente a la puerta, evitando obstáculos y cosas tiradas en el piso a causa del alboroto de los animales.

El encuestador llegó al fin a la puerta, tomó el cerrojo rápidamente y lo giró, jalando con fuerza. La abertura se vio interrumpida por la mano de Mississipi, quien no pretendía dejarlo salir.

- ¿Qué haces, muchacho?, ¿no piensas terminar con el censo?

- ¡No! ¡Ya he tenido suficiente de usted y sus animales! - gritó el hombre al medio de la histeria.

- ¡Pero ni siquiera sé tu nombre, muchacho!

- Yusded Onel, ¡hasta nunca!

- ¡Quédate! – exigía el hombre.

- ¡No, Señor! Esto no es normal ¡Lo que usted necesita es otro tipo de asistencia! – habiendo pronunciado las últimas palabras, dio media vuelta, terminó de abrir la puerta y la cerró bruscamente tras haber salido aprisa.

- ¡JA!, ¿Otro tipo de asistencia?, ¿Qué me dices de eso, Marx? – preguntó Mississippi mirando a la fiera.

Lo último que se escuchó fueron pisadas apresuradas, un fuerte grito: “¡TAXI!”, y un motor tosiendo y encendiendo, siendo forzado a ir a muchos kilómetros por hora.

Diálogo inédito 1

lunes, noviembre 02, 2009

- Papá, una pregunta.

- Dime, hija.

- ¿Qué es irse a la mierda?

El padre se vió sorprendido, y no le fue posible ocultarlo: abrió la boca levemente y decidió improvisar.

- ¿De dónde has sacado eso, Daniela?

- Se lo escuche decir a un señor... se lo decía a otro... ¿Dónde queda eso, papá, es un buen sitio?

- Pues nadie sabe con exactitud. Pero te puedo decir que no es un lindo sitio.

- ¿Y a qué se refería ese señor? Parecía como molesto, ¿habrá querido que su amigo se vaya de viaje?

- No lo dudo, amor. Lo único que sé y que puedo decirte es que existen sedes infinitas, interminables, de ese lugar. Pero no es recomendable ir.

- ¿Y eso porqué?

- Ya crecerás y lo entenderás. Por ahora tan sólo te digo una cosa, hija mía: si algo tenemos en común los árabes, estadounidenses, noruegos, irlandeses, mexicanos, peruanos... en fin, todos. ¡Si es es que tenemos algo en común es que todos podemos ir a ese lugar! ¡Y en especial nos pueden recomendar ir!... Sólo te pido que no lo repitas, hija.

- Está bien, papá.

Poema

miércoles, octubre 28, 2009

Voltea la cabeza
sorprendido
Pronuncia
como quien descubre
una palabra nueva
Señala con el índice
y repite
y saborea
y disfrutamos
como quien disfruta
lo que no tiene nombre

Y la muerte es

martes, octubre 27, 2009

como la taza que se quiebra,
muchas veces incierta,
prematura
y con aviso previo
pero sin capacidad de respuesta.

Lo que produce ruido no es la ruptura
ni la caída;
es el golpe,
el impacto sobre la superficie
inmaculada.

Es una ida sin vuelta;
y la muerte es
para los que quedan

Y aún no sé

domingo, octubre 25, 2009

La felicidad es una lucha constante,
y me gusta ser parte del mundo,
viviendo lejos de él.

La ironía
es a veces menester
para comprender
lo que no se puede.

El llanto
sin fundamento
es mucha veces
el más cargado de dolor,
y es irónica
la semejanza
de lo que se toca
y lo que no:
el sentimiento es como la materia,
no es posible destruirlo,
mas sí transformarlo,
tal vez en un lindo poema,
o,
tal vez,
en una bella canción.

A veces siento
que el pegamento que me une con el cuerpo
se desgasta.

Experimento: "Crónicas de un hombre invencible" - Parte 3

viernes, octubre 23, 2009

Mi cuerpo se mantuvo inmóvil. Había calculado cómo llegar a estar sentado en aquella silla, pero no habría determinado cómo llevar a cabo una entrevista. Así es: la primera entrevista que jamás haya hecho. Sería monumental, y una crisis nerviosa me lo habría dejado en claro.
Luché contra el nervio, contra todo lo que pude. Imaginé que el viejo se aproximaría, seguido por los dos anchos hombres similares a macetas para asistirme o, simplemente, para echarme a patadas.
Al rato me tranquilicé y tomé las riendas con toda seguridad. Alcé la vista: el superhombre yacía quieto, en la posición donde lo había dejado, como una fiel estatua de Miguel Ángel.

-Truman Risk, empecemos.

-Ya era hora.

-Lo sé, discúlpeme.

-No se disculpe, sólo empiece. Aunque me gustaría saber su nombre antes.

-Yusded, Yusded Onel, mucho gusto.

-Lo mismo digo, bueno, ¿piensa comenzar hoy?

-Eso creo… Sr. Risk, ¿podría contestar la pregunta?, la que preguntaron antes, sé que no fue muy educado el que preguntó… pero aún así, ¿Fuiste abandonado de pequeño?, ¿Es eso cierto?

-Ya dije que no quiero hablar de ello.

-Bueno, no lo haga por usted ni por mí. La gente merece un poco de verdad.

Levantó las cejas y me miró con frialdad, con una mirada profunda, como si estuviera viendo de repente adentro mío, quién era y qué quería.

-¿Qué gente?

-La gente que lo admira y sigue… Verás, están los que quieren entenderte y ayudarte – dije levantando una mano con la palma hacia el cielo – y están los que quieren hacer de tu vida un circo que hace mucho, pero mucho dinero – levanté la otra mano de la misma manera, imitando una balanza – pregunta: ¿Cuál crees que vale más?

-Pregunta: ¿Me crees estúpido? – dijo toscamente y en tono sarcástico, estudiándome tras los pequeños lentes redondos – Diría que el primero, claro, si es que existiera. No tengo familia, no tengo amigos. No tengo a nadie que me espere en casa con un plato caliente sobre la mesa y una sonrisa cálida. No tengo con quién calentar la cama, está fría todo el tiempo… – muchas mujeres suspirarían al unísono, pensando algo parecido a: “Yo la calentaría contigo, oh, superhombre.” – Lo único que tengo es a un gato negro como la ropa que traigo puesta y, créeme, es a quien tengo más cerca. Pero, claro, el gato no habla y mucho menos… bueno, ya sabes, no hace “eso” – dijo levantando las manos y haciendo una mueca con la boca, mientras levantaba ambos hombros a la vez.

-Bueno, Truman, puedes incluirme en el primer grupo… y estoy seguro de que mucha gente se incluiría también. Truman, hay mucha gente que te admira y que quiere formar, de una forma u otra, parte de tu vida.

-Bueno, ellos no, definitivamente – dijo levantando el índice acusador en dirección a la prensa, los fotógrafos y camarógrafos, que seguían el dedo como algo celestial y comenzaban a bañarlo de luces y atención - …Y ahora probablemente saldré en primera plana diciendo algo que nunca dije con el dedo alzado.

-Truman, escúchame, realmente hay gente allá fuera que quiere ayudarte…

-Dios mío, Yusded, abre los ojos por favor. Es fácil estar en tu posición y decir que hay gente que quiere ayudar, pero vives en una realidad diferente a la mía.

-No estés tan seguro de aquello.

-¿Y eso?

-Bueno, yo hago las preguntas, Truman – dije agarrando valor – Me temo que esta entrevista es sobre ti. Ahora, ¿podrías responder la pregunta?, ¿Qué pasó en tu infancia?

-No importa mi infancia, y a la gente verdaderamente no le importa. Yusded, muchacho, si es que hay gente que conforma el grupo que según tú se preocupa por mí, ese grupo está conformado por niños fanáticos, como lo son de sus juguetes, ancianos aburridos, locos, y mujeres con algún fetiche o, mejor dicho, con un superfetiche.

-¿Vas a contarme sobre tu pasado o no?

-Hombre, ¿porqué tanta curiosidad sobre mi pasado?

-Pues porque la gente merece saber, y porque eres lo que eres gracias a tu pasado.

-Déjame adivinar… ¿psicólogo?

-Cerca, pero no. Truman, no nos desviemos del tema, por favor cuéntame.

-No.

-Es necesario, sé que duele, pero…

-No duele.

-Claro que duele. Dios mío, ¡Deja de aparentar ser invulnerable!

Los murmullos de desaprobación se desencadenaron. Las fotografías empezaron. Las cámaras me apuntaban y yo sólo deseaba no haber dicho nada, había “molestado” a la prensa, o les había dado, al menos, razones para criticarme. “¿Pero cómo que no es invulnerable, Yusded?” me dije en voz baja. El superhombre me sonríe.

-Te lo pongo así, muchacho: Me explicas porqué ansías tanto saber sobre mi pasado y, si me convences, puedes saber lo que quieras – dijo retándome.

En la yema del gusto. La prensa se alocó nuevamente, bastaron unas cuantas palabras y ahora me había convertido en el héroe del momento, que había logrado obtener la oportunidad dorada de saber el pasado del hombre invencible. “Adiós mala fama”, pensé.

-Trato hecho, Truman Risk – dije extendiendo la mano y poniéndome en pie. Él hizo lo mismo y, acto seguido, nos dimos un buen apretón de manos, sonriendo a las cámaras con las manos estrechadas en signo de mofa.

¡Qué sabiduría!

martes, octubre 20, 2009

Un poema de Darío, y una sensación que ahora experimento:

Cuando llegues a amar, si no has amado,
sabrás que en este mundo
es el dolor más grande y más profundo
ser a un tiempo feliz y desgraciado.

Corolario: el amor es un abismo
de luz y sombra, poesía y prosa,
y en donde se hace la más cara cosa
que es reír y llorar a un tiempo mismo.

Lo peor, lo más terrible,
es que vivir sin él es imposible.

Rubén Darío

"El Anticristo" - Pautas en contra del cristianismo

“Se llama al cristianismo la religión de la compasión”, dice Nietzsche, y ésta no es más que, según lo que él considera, contraria al acrecentamiento de la energía vital. La compasión trae consigo más fatalidad y torna a la tragedia misma aún más grave, la multiplica y potencia; se genera un ambiente depresivo. El sentimiento de compasión limita nuestras acciones, nos debilita y sumerge en el hoyo de la decadencia, dejándonos moralmente inválidos para actuar. El sufrimiento se vuelve, también, contagioso por obra y gracia de la compasión. El dolor que se genera es absurdamente desproporcionado con respecto al que se supone debe generar la causa. En el cristianismo, como ejemplifica Nietzsche, la muerte del Nazareno representa un evento sumamente, valga decir un hito, en el cristianismo y su moral, y he aquí los pilares de dicha moral: La compasión y el sentimiento de culpa a causa de “quien murió por nosotros”. Es una carga fuerte la de asumir que alguien se sacrifica para salvarnos, y esta genera, a su vez, el sentimiento de compasión y culpa. Ambos sentimientos se tratan de unos totalmente contra-productivos. Tal vez es por esto que nos vemos obligados a tomar una moral prestada, y ser “moralmente esclavos”.
La compasión ha sido llamada una virtud, aunque en la moral aristocrática se la define como una debilidad. Asimismo, ha sido llamada la raíz y origen de toda virtud, esto, claro, desde un punto de vista totalmente pesimista, desde una filosofía nihilista cuyo lema era “la negación de la vida”. En resumen, Nietzsche define la compasión como “la práctica del nihilismo”.
Nietzsche no critica al débil mendigo, pobre o falto de recursos. Él critica al débil mental, al débil de conciencia, al débil que declina la voluntad de poder. Valga decir que la voluntad de poder puede ser tomada de modo abniguo, pero ésta no es más que el impulso vital, así como la inclinación a éste. El débil carente de inclinación hacia la volntad de poder es el que merece el derecho al repudio, ya que no se supera, no sale adelante. Lo contrario a éste criticado débil sería el denominado “superhombre”, un ser capaz de plantearse su propias normas morales.
Éste es uno de los puntos más importantes que Nietzsche critica acerca de la moral cristiana. El autor habla también de individualismo, mas no de egoísmo. Critica rotundamente las ideas morales Kantianas.
Nietzsche acepta la influencia teológica que corre por las venas de la filosofía alemana, con sus propias palabras: “El pastor protestante es el abuelo de la filosofía alemana y el protestantismo mismo es su pecado original”. Sin embargo, y tras haber afirmado esto, define al protestantismo como “la hemiplejía del cristianismo y la moral”. Cuando hablamos de hemiplejía, en sentido literal, nos referimos a la parálisis de la mitad del cuerpo.
El sacerdote católico cree ser autosuficiente, cree tener la verdad en la palma de sus manos, asumiendo estar encima de cualquier ciencia y arte.
Nietzsche critica tajantemente la moral establecida por Kant, que revolucionó el pensamiento alemán e incluso mundial. Kant fue protestante.
Kant propone, en resumen, que la virtud debe ser practicada nada más que por respeto a la “virtud”. Este no es más que un intento desesperado por universalizar la moral, así como sus conceptos prácticos. La moral no puede ser universalizada, tal vez, sí, teóricamente, mas no de forma práctica, como lo intenta el cristianismo, por ejemplo. Y aquí es donde entra el pensamiento de Nietzsche. Éste propone algo más sensato. Afirma que toda virtud debe ser “la propia invención de uno”, que no debe estar condicionado por factores externos a nosotros. Cada uno busca y encuentra su propia traducción de leyes morales, cada uno debe encontrar su propia verdad.
En cambio, al ser moralmente esclavos, valga decir cristianos, no hay remedio más que obedecer. Las leyes morales cristianas están basadas en el miedo a algo superior, poderoso y perfecto. Ésta moral no es más que lo que Dios quiere que hagas y lo que no. Y es, ciertamente, conforme a tu nivel de obediencia el nivel de tu recompensa. Hay sólo dos posibles salidas: el cielo y el infierno. Nuestras vidas, así, se rigen en torno a una vida póstuma, desvalorizando por completo a la vida misma.
El cristianismo no tiene como fin difundir la verdad, sino “su verdad”. Hay una gran brecha entre la verdad y lo que se cree que es la verdad. Al cristianismo no le importa si su mensaje y doctrina es realmente válida; mas sí le importa que sea verosímil ante sus seguidores. Al cristianismo le importa, tan sólo, la sumisión de las masas, por ende inculcan fe para dejar incapacitados a los partidarios cristianos de cuestionar, conocer o investigar; se trata de un largo proceso de domesticación. Es así como el camino verdadero se vuelve el camino prohibido, ya que una realidad alternativa, en este caso la verdad cristiana, es antagónica a la realidad verdadera. Así es, pues, que se mantiene dopada a la multitud bajo los efectos tónicos de la fe; de la ciega esperanza.

Experimento: "Crónicas de un hombre invencible"- Parte 2

lunes, octubre 19, 2009

El viejo, con el poco pelo presente peinado para el costado derecho, lucía algo preocupado y pensativo, apoyando el mentón sobre la palma de su mano. Llevaba un saco verde bastante ecológico y una corbata de superman con un símbolo de reciclaje en el puño alzado, todo en fondo azul; camisa rosa y pantalones verdes naturaleza. Cosmar Raidel había marcado presencia en numerosos comerciales ecológicos, vestido siempre de verde y marrón, o viceversa. Apoyaba animales en extinción y era famoso por haber donado alguna vez en su vida la mitad de su fortuna en apoyo a una campaña para proteger a las ballenas azules y blancas. Cosmar tenía puestos unos anteojos con lunas gruesas, que daban un toque cómico a su cara, enfatizando los ojos grandes y saltones. Llevaba zapatos marrones de muy buena calidad y, como se pudo apreciar, medias largas y exageradas de rayas de colores.

-Bueno… ¿el público tiene alguna pregunta? – dijo el viejo indeciso alzando la vista y agudizándola.

El tumulto fue inmediato, todo yacía calmo, como un rompecabezas recién armado, hasta que el viejo aspira y sopla, agitando las piezas, alborotándolas.

El ajetreo se volvió insoportable, al igual que los codazos, las manos alzadas al cielo pidiendo la palabra y los insultos de unos contra otros. El viejo, sin saber qué hacer, alzó el índice y señaló a uno de entre la multitud.

-¡Vamos, haz la pregunta! – imploraba el anciano.

El barullo y el tumulto se tranquilizaban, las piezas volvían a su lugar nuevamente. Un tipo con casaca de cuero y jeans azules tomaba aliento antes de peguntar: -¡¿Es verdad, Truman Risk, que te abandonaron de pequeño?! ¡¿Qué pasó, como sucedió aquello?! – gritaba como acusándolo.

El humor del hombre invencible empeoró de inmediato.
-Prefiero no contestar.

-¡Pero debemos saber! ¡Queremos la verdad! – la voz del tipo resonaba por todo el salón, golpeando y rebotando contra los rincones de pared libres de gente.

-¡Hey, hombre, ya lo escuchaste!, ¡No quiere hablar de ello! Ahora déjalo en paz –decía el viejo agitando las manos, como quien ahuyenta a una mosca insistente - ¿Alguien más desea preguntar?

El viejo vuelve a soplar; las piezas se vuelven a alborotar. Periodistas neuróticos y desesperados tratando de alzar más alto la mano y de hacerse notar. Era una noticia importante, la demanda del reportaje era bastante elevada. El viejo alza la mirada y señala.

-¡Tú, muchacho, pregunta!

El barullo cesa, la multitud se calma.

Momento de preguntar.

-Bien, Cosmar, esta es va para ti.

-¿Para mí?, ¿Qué es, muchacho?

-¿Qué clase de entrevista es ésta? – pregunté tratando de lucir lo más enfadado posible.

-¿Cómo?

-Me has escuchado, ¿Qué clase de entrevista es ésta?

-¿A qué te refieres, muchacho? – el rostro del anciano comenzaba a cambiar, tanto de gesto como de color.

-Me refiero a que creí que teníamos un deber, señor: esclarecer el pasado de este aclamado personaje – dije señalando al hombre invencible – Y usted no ha esclarecido nada. Su incompetencia no tiene límites y, en lo que a mí concierne, no ha sabido llevar de buena manera esta entrevista. ¡Es una total pérdida de tiempo!

-¡¿Cómo te atreves, muchacho?! – el rostro del viejo volvía a mutar a un color rojo más intenso. Rojo pasión, como dicen.

-Pues me veo en la obligación de pecar de atrevimiento. Ha perdido usted una importante oportunidad de esclarecer un hecho en particular, uno imprescindible para cumplir el deber que mencionó.

-¡¿Y cuál es?!

-Lo que han preguntado antes que yo. Es un eslabón en el pasado de tu invitado, sin embargo has cedido a tu simpatía por él y lo has protegido censurando al público y a su curiosidad cosa que, como periodista, no debió jamás haber hecho. ¡Es importante saber de la infancia de nuestro invitado!

-¡Muchacho, si crees que puedes darme órdenes y hacerlo mejor que yo, entonces ven aquí, siéntate, y hazlo tú mismo! – dijo furioso de pie, señalando su silla y abriendo y cerrando con fuerza la dentadura postiza.

El viejo seguía rojo del enfado y con las venas de la cara hinchadas a más no poder, y todo había sido transmitido vía nacional. Yo sonreí. Había dado resultado, mi gran oportunidad habría llegado. Sin más preámbulos me abrí paso entre la multitud, en dirección a la gran mesa de caoba. El ex entrevistador pareció desconcertarse. En los últimos minutos su cara habría sido un espectáculo de gama de colores. Había pasado de normal a rojizo, de rojizo a más rojo, de más rojo a rojo pasión, de rojo pasión a rojizo y, finalmente, de rojizo a un abrupto e inmediato pálido. “Pido perdón por mi conducta impulsiva ante la audiencia” fue lo último que le oí decir al micrófono. Llegué a la mesa y el viejo se apartó de inmediato, como un gran títere controlado por alguna fuerza superior, siendo jalado por nudos y lazos invisibles. Tomé asiento en la gran y soñada silla de roble y suspiré, orgulloso y avergonzado de tal hazaña, que en serio lo era para mí.

-Discúlpeme por lo que dije, pero sólo así podría haber llegado hasta aquí – dije con un rojo avergonzado en el rostro – Es usted un excelente entrevistador, pero siento que aquí hay algo más que hacer.

-Está bien, muchacho, sólo espero que lo hagas bien, o me veré obligado a sacarte a la fuerza, y no usaré mis propias manos – volvió la mirada hacia dos tipos oscuros y anchos como macetas.

El gran icono salió de escena. Había admirado tanto a ese personaje, desde hacía tanto tiempo. El viejo se alejaba, con su camisa rosa, con su corbata de superman con ansias de reciclar y con sus verdes pantalones y su verde saco.

Volví la mirada hacia mi futuro entrevistado; me acomodé en la silla y apoyé las manos con dedos entrecruzados sobre la mesa, como alguien que está a punto de decir algo. Pero las palabras no salieron de inmediato.

La montaña

en lontananza.

Objetos acuden a mí,
y la montaña,
tan lejana.

Piedras rojizas,
huecas,
heridas,
vienen hacia mí,
como madre,
hogar,
en el que habito un instante,
y tan sólo un instante.

Como quien vive

sobre otras vidas,
sobre el pasado.

Como quien no comprende
el qué
ni el porqué.

Como quien tan sólo mira,
observa
la grandeza
de lo mínimo,
lo bello.

Y así,
sin más.

Qué placer el de mirar
hacia atrás.

Experimento: "Crónicas de un hombre invencible"- Parte 1

martes, octubre 13, 2009

Sacó unas gafas minúsculas. El fornido personaje, ancho y largo como una fortaleza de la edad media, estiraba las patas de sus diminutos lentes de contorno plateado.
Empezó la tormenta.
Miles de miles de cámaras se alzaron al cielo, emitiendo luces cegadoras instantáneas. La lluvia cayó con fuerza, invadiendo al espécimen como se invade a King Kong al momento de exponerlo al mundo y a la prensa.
La tempestad se tranquiliza, dejando una breve garúa de una, dos, tres y hasta cuatro o cinco luces más.
La tempestad termina; ya lleva las gafas puestas.

El show termina; el telón cierra.

El show comienza; el telón abre.

Era una cuarto pequeño, o al menos esa era la sensación. Incluso el cuarto más grande se vería y sentiría pequeño al estar abarrotado de tanta gente; evitaré adjetivos.

El cuarto abarrotado de gente. Una mesa rectangular, toda de madera de caoba, al centro del salón. La gente apiñada alrededor. Al los extremos norte y sur de la mesa, cerca de ella, dos sillas grandes de roble. En las sillas, a la mano derecha, el entrevistador semejante a una pasa; a la mano izquierda, el entrevistado, semejante a lo que denominan comúnmente como superhéroe, superhombre, hombre invencible, intocable, invulnerable.

A cada extremo de la mesa, sobre ella, dos micrófonos, de esos empotrados a una base plana para posarlos en un lugar fijo y con el cuello largo y las plateadas vértebras al descubierto. Un micrófono para el entrevistador y otro para el entrevistado.
Todo listo.

El joven macizo se mantenía serio, mientras el viejo se mostraba sonriente, descubriendo dientes postizos cuidadosamente confeccionados; estaba simplemente fascinado.

El barullo general frenó en el acto al momento en el que el viejo erguía el largo cuello de su micrófono, similar al alargado cuello de un diplodocus, enderezando bien las vértebras, una por una. El ritual de iniciación había terminado: micrófono enhiesto; el silencio reinaba.

El viejo abre la boca y el silencio cierra la suya: -Muy buenas noches, televidentes, espectadores y radio fanáticos. Tenemos hoy, con nosotros, a un invitado especial. A continuación, y para seguir con el protocolo, mencionaría algunos datos biográficos de nuestro invitado pero, como deben saber, no poseemos dicha información y creemos que nadie lo hace… aún. Es por esta razón por la que hoy, querida audiencia, tenemos la importante tarea de esclarecer los hechos y de hurgar en el pasado: el pasado de un aclamado personaje, odiado por muchos y querido por otros. Con nosotros, ¡Truman Risk! – dijo extendiendo la mano en dirección al futuro entrevistado.

-Si es que ese es su verdadero nombre – dijo ignorando la presencia de algunos aplausos restantes y en dirección al público, como si el Sr. Risk no estuviera presente – Truman Risk… ¿es realmente ese tu nombre? – preguntó, girando el cuerpo, apoyando un codo sobre la mesa y mirando al invitado.

-Hasta donde tengo entendido, sí – dijo el hombre, emitiendo una voz ronca y grave, como una cuerda de contrabajo, desde su amplio tórax.

-¡Que ironía!, usted es realmente de los que se toman riesgos. Bueno, muchacho, ¿Qué me dice?, ¿Cómo ha estado?, ¿Alguna novedad?

-Vivir es mi única novedad – desvió la mirada al carné del viejo, con su foto en él – Cosmar Raidel – dijo leyendo.

-Sí, lo entiendo, entiendo… en una profesión como la suya nunca se sabe qué puede pasar, ¿no es así? – frunciendo el ceño – Y sin embargo sólo ha respondido una de mis preguntas, la…

-Y todas se resumen en una única respuesta – dijo con la mirada fría – ¿Tiene más preguntas? – preguntó levantando las pobladas cejas.

Truman Risk era un hombre bastante grande y, según muchas, bastante guapo también. Era un tipo frío y duro como el hielo cuando de sentimientos y apariencia se trata. Era un día especial, así que había soplado incansablemente para despreciar hasta el último residuo de polvo que descansaba desde hace ya mucho tiempo sobre la ropa elegante que tenía. Levaba puestos un saco negro, camisa negra y pantalones de corduroy negros. Sin mencionar el negro sombrero que traía puesto y el pañuelo color negro poco acomodado y mal doblado en la ranura izquierda del pecho del saco. Lo único que difería, hablando de color, eran las gafas con contorno plateado, las cuales destellaban débilmente en la parte superior al recibir luz artificial. También llevaba una corbata elegante, la única que tenía. La corbata era blanca y, con las luces de las cámaras, era capaz de molestar la vista, como lo hace la nieve sometida a fuertes destellos lumínicos.

-Por supuesto que tengo más preguntas, muchacho. Ese es mi trabajo – dijo serio.

-Entonces haga su trabajo y pregunte, no quiero haber venido en vano.

-No se preocupe, no se arrepentirá de haber venido, se lo aseguro – dijo confiado, como sabiendo algo más, algo inesperado – Truman, ¿hace cuánto hace lo que hace?, como se le llame. Ha sido llamado heroísmo por algunos e, incluso, superheroísmo por muchos otros.

-Honestamente no sabría cómo llamarlo… Tal vez altruismo práctico, ya que de nada sirve preocuparse y no actuar, como lo hacen los mal vistos políticos y los bien vistos mártires. ¿De qué sirven las palabras sino van acompañadas de una acción, de un verbo? – preguntó algo emocionado, como un infante recibiendo un juguete nuevo – Hago lo que hago desde pequeño, recuerdo haber protegido a algún amigo o desconocido de las sucias manos de oportunistas, dentro y fuera de nuestra burbuja escolar… ¿Sabes?, oportunistas hay demasiados, considero que ya son una raza o que, dios no lo quiera, son la evolución contra evolutiva de la raza humana. ¡Pero que dios no lo quiera!, sino estaríamos perdidos.

-Mmm… muy interesante aquello que dice. Me surgen dos interrogantes, la primera: ¿Asistió usted al colegio?

-Oh, no, no, discúlpeme, no me expresé con claridad. Dije “nuestra burbuja escolar”, ¿no es así? – preguntó haciendo un gesto de comillas con sus alargados dedos – quise decir “su burbuja escolar”. Sin embargo me vi muy familiarizado con ese ambiente. Me hice buen amigo del vigilante. Solíamos ver televisión y escuchar radio juntos. Además me dejaba entrar al colegio cuando quisiera. Así es como me enteraba un poco de lo que pasaba dentro y fuera del mundo, fuera y dentro de la burbuja. Y, bueno, defendía a los muchachos que pasaban cerca. Siempre trataba de armar diálogos y soluciones razonables y pacíficas a los problemas en mi cabeza, pero el pleito siempre terminaba con un puño bien cerrado y, segundos después, una nariz rota y una cascada de agua roja.

“Kum”, “Pow”, “Pum”, “Paf”, “Boing”, “Boom” - ¡Niños dejen de jugar así! ¡Rayos y centellas, pequeños demonios! – exclamaba una madre desesperada al otro lado de la radio, al otro lado de la ciudad.

-Ya veo – decía el viejo con la sonrisa reencarnada- Segunda interrogante: ¿Cree usted en dios?

Truman Risk echó a reír. Parecía una torre parlante y animada que se movía de un lado a otro a causa de la convulsión de la risa. Decía “disculpa” de cuando en cuando sin poder parar de reír, dejando atónita a la atenta audiencia.

-Discúlpame – dijo cambiando de cara bruscamente – Nunca me habían preguntado cosa semejante . Supongo que era porque me conocían, cuando existía gente que lo hacía… No creo en dios, Cosmar. Por lo menos no de la forma tradicional y aceptada. Creo en lo que mis manos son capaces de hacer y creo, sí, que dios es más que todo una sensación, la cual tiene cada ser humano alguna vez en su vida.

-Lo hubieras hecho bien de filósofo – reía el viejo, tan entretenido – Supongo que lo que dijo fue sólo una expresión... ¿Y que me dice de aquello?, ¿dios es una sensación?

-No sé cómo explicarlo. Supongo que lo que trato de decir es que dios está presente en un hermoso paisaje o en algo indescriptible que sentimos o experimentamos... Supongo que no soy tan frío como dicen.

Y no lo era. Gélido y duro como el hielo, pero también ablandado por recuerdos, derretido.

-La prensa puede ser malévola y totalmente prejuiciosa, Truman. Te pido perdón por eso.

-No tienes porqué.

Se hizo silencio. El superhombre decidió aterrizar a su estado original: serio y frío; cero grados.

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Choque de mundos

jueves, septiembre 17, 2009

El muro aún enhiesto. El tercer mundo ya tiene nombre. La Gran Depresión acecha en la penumbra y salta de cuando en cuando a matar del susto a quien ose asomarse. El jazz suena en cada bar y cabaret; en el cine se proyecta a un Gran Dictador declamando un gran discurso; el arte es ahora popular y en crítica al consumo. Sin embargo, es moda de los más ricos. Tenemos derecho al derecho de tenerlo todos. La luna ha sido pisada; en la humanidad la huella yace fresca. Superhéroes luchan día a día con la gran demanda de imprenta, ahora colorida. El bien común y el judío son mal vistos; es época de caza.

En la plaza llueve mucho. En tardes como ésta, con cielo rojizo y marea alta, cuando la brisa enfría y el sol se esconde, nadie se salva de la gris mancha del dinero; aves guaneras, grandes hacedoras de dinero gris.
Posa la estatua solemne de un patriota panzón, medio calvo y con barbas en abundancia. Se lee algo de "su semblante resplandece" grabado en la piedra caliza. La cabeza de la dura estatua, tan bañada en dinero gris, mira en dirección a un bar bastante frecuentado: "El Chirif", con dueño del mismo nombre.

Debo confesar que no he visto demasiados atardeceres, pero, sin duda alguna, puedo decir que el atardecer en la plaza es el más hermoso que jamás haya visto. Desde el bar, de forma particular, el paisaje de atardecer se aprecia de manera espectacular. Desde que tengo memoria tomo asiento sobre la acera tibia y apoyo la espalda sobre la límpida pared de cálidos colores del bar. En la fachada, en la parte superior donde me siento y siento, hay un amplio ventanal que se mantiene cerrado la mayoría del tiempo. Hoy no es la mayoría del tiempo y el ventanal abierto está, de par en par.

El murmullo del interior del bar es bastante intenso y llega hasta mis oídos. Se oyen voces fuertes, voces toscas, voces y toses graciosas y risas de todo tipo. La curiosidad me mueve a alzar la vista y asomar la mirada. Enseguida conecto voces con caras y caras con voces. Diviso tres mesas cercanas a mí. A la izquierda, en la primera mesa, están dos tipos muy parecidos. Uno tiene la apariencia de ser más bajo en estatura. Éste lleva un smoking, sombrero de copa y zapatos negros alargados y bien lustrados, sin mencionar el bastón clásico que descansaba en la silla contigua. Aquel sujeto descubría un rostro gracioso y simpático, pelo negro un tanto ondulado y bigote cuidadosamente cortado en forma trapezoidal. Al frente de él estaba su acompañante, que al parecer era su hermano o, mejor dicho y para ser más específico, su gemelo malvado. Éste último llevaba el negro cabello hacia un costado y un rostro frío y serio. Tenía, también, un bigote-trapecio muy bien cortado. El personaje lucía molesto; llevaba un traje militaresco. El gemelo malvado se movía enérgicamente, golpeando la mesa, levantando el brazo derecho en línea recta (95 grados) y pronunciando lo impronunciable con palabras intentendibles y grotescas: -"Er freiwillinger kerl, sonderbaren! ¡Er war unter der und gesell entfes erten! ¡Pum. pum, pum, Fürer!" - escupía las palabras como si tuvieran mal sabor, refunfuñando en un tono rasposo y poco musical. Al ver esto, el gemelo bueno, la simpática imitación, hacía esto mismo: imitar. Hacía gestos exagerados, muecas y movimientos en burla, acompañadas por palabras ridículas y con falta de sentido, aunque con una mejor orientación musical.

En la mesa contigua, a la derecha de la anterior, se encontraban otros dos sujetos. Uno de ellos traía puesto un atuendo muy anticuado, tenía bigote, barba con apariencia punzocortante y mucho cabello a los costados de su cabeza, el mismo que hacía falta en la parte superior de ésta. El tipo le reprochaba algo a su compañero pecoso y bastante mayor, quien llevaba una gorra, pantalones hasta los tobillos y un polo a rayas con tirantes gastados, uno en línea recta y el otro en diagonal: -"¡Ser o no ser! ¡Entiende, ese es el dilema!"... -"Es que no me tienes paciencia" - respondía el anciano disfrazado de infante.

En la tercera y última mesa, la más próxima a mí y al ventanal, se encontraba un hombre en compañía de sí mismo. Éste, acomodado sobre la silla y con apariencia de ser mucho más del doble de grande que ésta, reposaba su rostro sobre la palma de la mano izquierda, apoyada sobre el codo apoyado en la mesa. El sujeto llevaba un anillo grande y ostentoso en el meñique, con tamaño de índice, de su mano izquierda. Llevaba, también, un grueso saco sobre el elegante traje inglés. Se trataba, a ciencia cierta, del ícono del dandísmo en persona. Aquél hombre traía consigo un rostro sumamente elegante, fino e inmaculado, siendo suave, tosco, liso y duro a la vez, como lo es una gran estatua de piedra de Miguel Ángel.

Noté que aquél hombre miraba hacia un punto fijo con mucho detenimiento, tan callado y quieto. El bar entero sumiso y ocupado en ser, no ser, feliz, molesto, triste... Y sin embargo este hombre miraba atento, en dirección al ventanal. Quise saber qué observaba con tanto ahínco, así que volví la mirada. El cielo costero mantenía una intensa gama de colores cálidos, acomodados tras casas, la plaza y su estatua y acompañados por el sol dormitante y la luna gris o blanca, que ahora era un tanto amarillenta; y todo esto delante de nosotros.
El atardecer resplandecía ante sus ojos... Y ahora también ante los míos.

-"A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un sólo instante"* - le oí decir.
*(Oscar Wilde)

Continuar con el cuento / Taller con Samanta Schweblin

viernes, agosto 07, 2009

-¿Por ejemplo?- pregunta el chico.
-Por ejemplo el dedo meñique de su mano izquierda.
-¿Mi qué? – dejó de reír el muchacho.
-Sí, ¿por qué no? Si gana se queda con mi coche, si pierde me quedo con su dedo.
-No entiendo, ¿Cómo que se queda con mi dedo?
-Sí, se lo corto.

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-¿Cómo dice? – preguntó pálido el confundido muchacho.
-Pues sí, se lo tengo que cortar, sino no me lo puedo quedar…o sí?
Hubo un silencio prolongado, el viejo y el muchacho se miraron fijamente a los ojos, casi sin parpadear. Mientras tanto, yo tomaba de rato en rato un trago de cerveza, o le daba una pitada al cigarro, poniéndome cada vez más nerviosa, más impaciente.
El muchacho se sonrojó un poco y soltó una risita nerviosa.
-Habla en serio? – preguntó el chico.
-Siempre- respondió el viejo frunciendo el ceño, hallando inconcebible la pregunta a la que respondía – Yo no bromeo, muchacho.
-Suele apostar cosas de este tipo? – el muchacho abría y cerraba el encendedor, casi inconscientemente.
-Pero claro, todo el tiempo, me gusta apostar… ¿Qué dices muchacho, aceptas? Un dedo pequeño por una gran Cadillac, bastante justo, ¿no crees?
-Bueno, a diferencia de que el meñique es parte de mí…
-¡Alto ahí muchacho!, ese Cadillac es parte de mí, ¿entendido? – mientras acompañaba las dos últimas palabras con dos palmazos sobre sus piernas, acentuando con ritmo – Muchacho apresúrate, me hago cada vez más viejo.
-¿Cómo sé que tiene un Cadillac? – preguntó el americano, indeciso, desesperado, sin saber qué más decir.
-Dios, muchacho, sal y lo verás: cuatro llantas, dos puertas, algo alargado, gris oscuro, techo pálido como tú y cuatro faros delanteros… ¡Vamos, anda, sal, mira!
El americano se levantó al instante, como acatando el mandato de un superior.
Mi cerveza yacía en la mesa. Mientras el chico volvía, el viejo tomaba un sorbo de mi cerveza como si yo no estuviera presente.
-Es un gran auto el que tiene allí – dijo el americano algo agitado. Había emoción en su voz y, al parecer, los nervios se habían calmado.
-Sí, sí, lo que digas… ¿Quieres probar suerte o no, muchacho? Si no se lo ofrezco a alguien más, no tengo todo el día.
-Bueno, que le parece si apostamos libertad condicional? Gana y tiene mi dedo cuando quiera, yo se lo llevo; pierde y yo tengo su coche cuando yo quiera, usted me lo trae.
-No muchacho, muy listo, pero no. Las apuestas son todo o nada. O pierdo el coche o gano el dedo. Además, quiero el dedo, no a usted. Me gusta apostar, no hacer amigos. ¿Aceptas la apuesta muchacho?
-Está bien – dijo tras una pausa, tartamudeando.
-Bueno, ¿qué esperamos? manos a la obra.
Viejo y muchacho, se retiraron.
Había olvidado por completo la existencia de la inglesa, que ni siquiera se había movido. Parecía una pieza de porcelana, tan frágil, inmóvil y pálida como una tacita de té.
La mujer inglesa llevaba el pelo suelto, empapado aún. Tenía grandes ojos marrón claro y labios carnosos y rojos que contrastaban de forma agradable con su palidez.
-No te preocupes – traté de calmarnos – no puede ser verdad. Seguro le estaba tomando el pelo. Además, dice que el encendedor nunca falla, ¿no?
La inglesa, tan frágil, asintió con la cabeza y sonrió tímidamente.
Permanecimos calladas y, al cabo de algunos minutos, escuchamos pasos. El viejo se aproximaba con una sonrisa ancha en la cara. No nos miró, pero dejó sobre la mesa el dinero suficiente como pagar nuestra cuenta, incluyendo la propina.
Dinero en mesa, el viejo se retiró, mientras lo seguíamos con la mirada, como esperando a que dijera algo o que al menos nos mirara de vuelta.
Salimos movidas por la curiosidad.
El viejo caminaba en dirección al Cadillac y, cuando creí que pararía para estirar la mano y entrar, siguió de largo, bordeando un Volkswagen rojo modelo escarabajo hasta llegar a la puerta del conductor. Acto seguido, la abrió y entró.
El viejo sacó algo de su bolsillo, era alargado, blanco y no era ni muy pequeño ni muy grande. Lo colgó del espejo retrovisor junto con los demás.

Lou Mazzaru

lunes, agosto 03, 2009



Lou Mazzari Izumi Li, un hombre rozado por muchas culturas, sin lugar a dudas.
Un personaje muy conocido, adicto al póker, mas no era conocido por jugarlo, sino por perderlo y continuar con una racha interminable.
Mazzari, de padre italiano.
Izumi, de madre japonesa.
Li, de padrastro amado como padre, hijo de inmigrante chino.
Conocido como Mazzaru que, según todos, sonaba a italiano y japonés a la vez.
Los casinos fueron un éxito rotundo en el barrio. Generaron, sin embargo, vidas monótonas y redundantes en algunos. En otros, un nuevo modo de vida innovador. Para un grupo inmensamente reducido significó fuente de dinero. Para otros, felicidad falaz y efímera. Para Lou, diversión. Sea cual fuere el resultado, él siempre decía: amor por el juego mas no por el resultado.
Mazzaru comenzó su racha perdedora tras una ganancia millonaria.
Alguna noche de noviembre, un barrigón empresario pisó el barrio por primera vez. No sólo traía consigo una gran y redonda panza, sino también “un redondo negocio entre manos”, como le dijo a un muchacho que le preguntaba que quería en este sitio.
Un mes más tarde, serían vísperas navideñas, el primer “Casino Royal” abrió sus puertas al público. Era temprano, como las doce del día. No había mucho que hacer en el barrio y la curiosidad no conocía límites en sus habitantes.
Fue un acontecimiento curioso. Nadie tenía dinero, así que la gente sólo se atrevía a ejercitar el brazo derecho con los famosos juegos de máquina de “jala la palanca y prueba tu suerte”.
Nadie tenía dinero, nadie excepto alguien. Lou fue la excepción. Al parecer, su padre biológico habría ganado la lotería y, casi instantáneamente, habría muerto tras haberse enterado de que había ganado y tras haberse llevado la sorpresa que esto traía consigo. Dicen que era muy pesimista y que no se le había cruzado por la mente que ganaría. “Un paro cardíaco”, dijeron los doctores. Imaginen cuál fue la herencia y para quién fue. Dicen que el dinero no llueve, pero para Mazzaru sí que lo hizo. Ese mismo día llovieron más de siete cifras para él, sembrando envidia por doquier.
El testamento fue claro: “Todo para mi hijo y”, decía. El padre abandonó a su esposa y a una criatura recién nacida, las acciones generan consecuencias, y muchas consecuencias generan arrepentimiento. Al parecer decía algo más en el testamento, pero una mancha de café negro amargo traído de Colombia habría vuelto indescifrable el resto del escrito.
El mismo día de su inauguración, el “Casino Royal” pereció, después de una gran partida de Mazzaru contra “el señor barrigón que inauguró el primer casino en el barrio”, como le decían. Esa partida fue la única que Lou haya ganado en su vida. Al parecer terminaron apostando el casino mismo. La gran partida terminaría a la medianoche, poco después, el barrigón regresaba a casa sin auto y sin zapatos. Dicen que vivía lejos y que la panza disminuyó después de la gran caminata.
El casino no era del gusto de Lou, así que lo mandó demoler. Sin embargo inauguraría otro justo al lado. Desde entonces se hablaría de “casinos”, en plural.
Lou era el único dueño de su casino “Lou’s”. “Mío de mí”, como solía decir mientras hacía muecas burlonas, apuntándose a sí mismo en el pecho usando el dedo índice algunas veces y toda la palma de la mano otras.
He aquí la razón de su mala racha interminable. Jugaba todas las noches en su propio casino, pero era invulnerable a cualquiera ya que, si perdía, el dinero regresaba al casino por un medio u otro. Digamos que alguien le ganó en póker, bueno, la suerte es momentánea, en algún momento habría de perder el mismo dinero en el mismo casino, retornando el mismo dinero al mismo dueño. Por eso su racha era interminable, era mala porque jugaba mal.
Nadie se metía con Mazzaru. Nadie quería deberle dinero. Corría el rumor de que Lou Mazzaru tenía apoyo de la mafia. Pero no sólo de una. “Mazzari Izumi”, decían aterrados. Se decía que tenía apoyo de ambos apellidos: la mafia Italiana y la mafia japonesa, conformada por los temidos yakuzas tatuados en todo el cuerpo. Incluso algunos presumían que había una tercera mafia de por medio: la mafia china. Toda esta cuestión del apoyo de la mafia se originó cuando un pequeño niño, de no más de metro y medio metro de alto, gritó apuntando a Lou: “¡Tiene un tatuaje de dragón en la espalda!”. Nunca lo verificamos, supongo que nunca lo sabremos.
Es así, como Mazzaru se vió cada vez más envuelto en historias de todo tipo.
Era un hombre millonario, nunca faltaban las madres que gritaban desesperadas que tenían un hijo suyo o, mejor dicho, un hijo hecho con su colaboración. Con el paso del tiempo las actuaciones maternales se hicieron cada vez menos convincentes.
Lou Mazzaru.
Su vida, lamentablemente, se resume a esto. Nadie sabía de él antes, Lou y su reputación nacieron una vez que el primer casino tuviera cimientos y fuera inaugurado.
Aún hay mucho más de qué hablar sobre el famoso Mazzaru, pero soy sólo un hombre. Soy un hombre pobre y viejo, al que le pidieron unas cuántas palabras sobre Lou, y cuya mano ya se cansó.
Lou Manzzari Li murió ya hace siete noches a causa de un tropiezo con una escalera ubicada en el barrio chino, el cual colinda con el italiano.
Nuestro barrio no es lo mismo sin él. Anoche quebró el casino, al parecer la gente se tomó en serio eso de estar de luto.
No podemos decir que murió un gran hombre, pero podemos decir que murió un gran personaje. No podemos decir que fuera un ejemplo a seguir, sin embargo resulta útil como ejemplo: “El Tío Lou, un ejemplo a no seguir.”, o "Lou, el mafioso", entre otros ejemplos, muchos otros.
Tampoco podemos decir que hubo mucha gente que lo quiso o lo admiró, pero sabemos que muchos lo extrañarán, junto con el antiguo barrio.
Podemos afirmar a ciencia cierta que la leyenda de Lou quedará siempre viva, al menos para los nietos, a la hora de dormir.

domingo, julio 26, 2009

Paso incierto,
bailando como Un
al compás de alguna melodía.

Describe una trayectoria impredecible
e imprecisa también
como improvisando sobre un vals
de Bienvenida.

Él demuestra su alegría con movimientos
enérgicos pero calmos
agitando brazos
y piernas.

La alegría durará
como es debido,
hasta que el Whisky baje
de aquella montaña,
por la cual sólo supo subir
de forma instantánea.

Paisaje.

sábado, mayo 30, 2009

Me describo
con este gris paisaje.

Este gris paisaje me describe.

Soy muchas veces,
a veces demasiadas,
lo que siento,
y sentir es,
a veces,
un paisaje limitado.

Botas.

miércoles, mayo 27, 2009

Comencé a limpiar las botas, comencé a pensar, a recordar. Empezó un breve recorrido de mi vida, acompañada de momentos alegres, alegres como nunca los había pensado. El hecho de limpiar comenzó a hacerse cada vez más mecánico, sólo las manos trabajaban, mi mente se mantuvo suspendida. El tiempo pasó volando y terminé de limpiar las botas. Pisé tierra nuevamente. Me sentí triste de repente, me acordé de que mi padre había muerto. Saqué otras botas para limpiar.

Feliz día papá

martes, marzo 17, 2009

Animal de Invierno

Otra vez es tiempo de ir a la montaña
a buscar una cueva para hibernar.

Voy sin mentirme: la montaña no es madre, sus cuevas
son como huevos vacíos donde recojo mi carne
y olvido.
Nuevamente veré en las faldas del macizo
vetas minerales como nervios petrificados, tal vez
en tiempos remotos fueron recorridos
por escalofríos de criatura viva.
Hoy, después de millones de años, la montaña
está fuera del tiempo, y no sabe
cómo es nuestra vida
ni cómo acaba.

Allí está, hermosa e inocente entre la neblina, y yo entro
en su perfecta indiferencia
y me ovillo entregado a la idea de ser de otra sustancia.

He venido por enésima vez a fingir mi resurrección.
En este mundo pétreo
nadie se alegrará con mi despertar. Estaré yo solo
y me tocaré
y si mi cuerpo sigue siendo la parte blanda de la montaña
sabré
que aún no soy la montaña.

José Watanabe

Jueves 23 de abril

miércoles, marzo 11, 2009

8:30 am:

-Hola Doctor-el doctor hizo un ademán de saludo-Mire, no he estado muy bien últimamente. Estoy harto de vivir en esa pocilga. Estoy harto de mi madre y su mal genio.

-¿Y no ha pensado en independizarse?

-Sí, Doctor, pero siento que aún no estoy preparado.

-¿Y cuántos años tiene, otra vez?-dijo el doctor agarrándose el mentón y frunciendo el ceño.

-Bueno, me han dicho que luzco menor, pero estoy por los cincuenta.

Hubo un silencio prolongado.

-¿Y usted doctor?, ¿Cuántos años tiene?-dijo el paciente Chávez con cara de curioso infante.

-No es relevante, Jorge.

-¡Hasta ahora no sé nada de usted doctor!, no me parece justo. Debo saber algo de usted, usted sabe todo de mí-dijo Jorge Chávez con su enorme y rechoncha cara reprochando a su terapeuta.

-Esto no es un intercambio de información, usted viene porque tiene problemas. Hábleme de ellos y por favor deje su curiosidad de lado-respondió el doctor.

-Está bien doctor, como usted diga.

El tiempo pareció interminable. El caso era un tanto inusual: Un hombre de cincuenta años que todavía vivía con su madre y que tenía, por ende, problemas para afrontar el mundo exterior, o “la cruel realidad”, según denominó el paciente.

Cruel realidad era la que vivía la siguiente paciente.

10 am:

-Hola Doctor-dijo tímidamente la paciente.

-Hola, Margaret. Cuéntame, ¿como has estado?

-Eh, mucho mejor, doctor-dijo la esquizofrénica mientras su cuerpo temblaba levemente, casi inconscientemente-Me recomendaron unos medicamentos y me dijeron que cada vez que tenga la misma sensación rara que tengo me tome una píldora de éstas-acto seguido, sacó con las manos temblorosas una pequeña caja de su abrigo, empuñándola como algo divino que nunca jamás soltaría.

Margaret era una señora de unos cuarenta todavía algo guapa y con rastros de haberlo sido más aún. Tenía el pelo un tanto ondulado y largo, pero nada desordenado, sin embargo. Su rostro era fino y pálido. Tenía labios rojizos que contrastaban de manera agradable con su palidez; una nariz bonita; unos ojos grandes y verdes como jades. Era una mujer delgada con un atuendo algo absurdo: abrigada por arriba y casi desnuda por abajo. Llevaba un abrigo de invierno marrón grueso, una falda de verano delgada y blanca con pequeños calados en la parte inferior y unas sandalias color mostaza que descubrían unos pies muy bien cuidados.

Ya que el doctor se especializaba en tan sólo psicología emocional, Margaret era la paciente con más problemas. Sin embargo, ella insistió en tener alguien con quien charlar, o alguien a quien contarle sus problemas.

-Ya me va mejor con mi familia, doctor-dijo Margaret con una sonrisa nerviosa-ya me disculpé con ellos. Doctor, sé que estoy enferma y eso es lo que más me apena. He pensado en dejar de frecuentar a mi familia, siento que sólo les traigo problema. Y cuando estamos juntos siento que fingen que les agrado. Me cuesta hablarles de mí. ¿Y qué me dice de usted doctor?, la verdad es que nunca se lo pregunté, ¿es usted casado? ¿Tiene hijos?

-Margaret, esta es una sesión para hablar de usted y de sus problemas, por favor prosiga-ella asintió algo desconcertada.

La paciente se comenzaba a soltar, era común en Margarette coger mejor el rumbo después de unos quince minutos de iniciada la sesión. Y así siguió contando su incomodidad con la gente y con su familia.

Mediodìa:

-Doctor, hola, ¿cómo está?

El doctor fingió una sonrisa lo mejor que pudo y se acomodó en el sillón, tomando un sorbo del té que yacía en el estante cercano a él.

El cuarto no era muy grande, era lo suficientemente íntimo como lo exigía la relación doctor-paciente. El ambiente olía a complicidad. Las paredes eran color melón, había un cuadro en la pared de algún artista lo suficientemente bueno como para estar allí, tanto para los pacientes como para el doctor. Había una ventana mediana con una persiana que se mantenía la mayor parte del tiempo cerrada. Los únicos muebles eran los dos sillones (uno para el doctor y otro para el paciente) y un estante, donde el doctor guardaba apuntes y una gran agenda, muchas veces copada. Había una sola puerta en el cuarto.

El paciente tomó asiento y acomodó su convexo cuerpo lo mejor que pudo en el sillón.

-Doctor, estos sillones son algo pequeños-dijo el paciente con cara de fastidio, mirando al sillón como si tuviera la culpa de no haber sido tan cómodo para él.

-Disculpe si no son de su agrado, son los únicos que encontré-dijo el doctor más serio que de costumbre.

-Doctor, aún nadie se fija en mí, ¿será porque soy gordo?

-No te preocupes Rodrigo, cuando menos te lo esperes, estarás en una relación inolvidable-dijo el doctor con cara aburrida.

-Es que no entiendo a la gente doctor. Hoy en día sólo se fijan en lo de afuera, pero sé que sólo importa lo que uno lleva dentro-el gordo se señaló el corazón con cara de inocente crédulo.

El doctor suspiró y siguió escuchando por dos horas más.

Si había un espacio vacío en la agenda del doctor era en días como éste de dos a cuatro de la tarde.

El timbre sonó. El doctor, algo somnoliento, se paró y arrastró a duras penas su cuerpo a las afueras del pequeño cuarto. Se dirigió a la escalera y jaló la pita que recorría desde la punta de la escalera hasta la palanca de la puerta. La puerta se abrió y lo primero que entró fue un olor a Chanel.

Entró la mujer con más personalidad que un doctor haya podido tener como paciente. Entró una señora de setenta que lucía de cincuenta y un poco más. Venía perfumada hasta los dientes y traía ropa de color chillón: chillón rosado y chillón púrpura. El atuendo era, ciertamente, un disfraz de carnaval tropical. El doctor tuvo que hacer un esfuerzo para reaccionar después de ver semejante escena, denominada “deslumbrante ante los ojos de cualquier humano”.

-Hola doctor-dijo la anciana chillona con una sonrisa coqueta.

-Hola-dijo el doctor casi tartamudeando, absorto todavía.

-Tengo buenas noticias, me conseguí a uno joven-dijo la señora sonriendo de mejilla a mejilla.

-Sí, sí, puedo notarlo... ¿Desde cuándo?

-Desde hace unas horas... Bueno, sólo quería hacértelo saber, nos vemos, señorito doctor. ¡No se me vuelva loco, por favor! -sonrió nuevamente y le dio unas palmaditas a la cabeza despeinada del doctor.

El doctor no reaccionó hasta que escuchó el portazo, antecedido por una fuerte oleada de fragancia de perfume caro.
La señora no era una paciente.

El doctor no tenía más citas ese día, así que cogió su saco y su maletín y emprendió su camino a casa.

El doctor estuvo repasando en su mente la escena anterior, la de la mujer escandalosa que no era una paciente. Después pensó en todos sus pacientes y siguió pensando, esta vez en voz alta.

-Todos tienen problemas para relacionarse -dijo el doctor quedamente- no los culpo- se dibujó en su rostro una gesto de mona lisa.

Siguió caminando, pasando por grandes edificios, de esos que tienen muchos espejos. Vio una cara cansada en el reflejo de su rostro.

El Doctor cruzó la acera a paso lento, sacó despreocupadamente sus llaves, haciendo sonar el cascabel de su llavero. Insertó la llave suavemente, la giró y abrió la puerta. No había nadie en casa, sólo un fuerte olor a perfume.

Introducción: Con inicio aparente y sin final.

Nuestra historia comienza de un modo peculiar. Digo "nuestra" con afán de sentirme acompañado. Empieza en el final. Pero este no es un final feliz y pintoresco, no. Este es un triste y frío final.
Mi historia comienza con una muerte cercana, una muerte ajena, que es propia en cierto sentido. La muerte de uno mismo puede llegar a ser, sorprendentemente, hermosa. Claro que una muerte depende de muchas circunstancias.

La muerte conlleva a un final, a un punto. Sin embargo, la muerte en sí no es el final definitivo, al menos no para nosotros, los que quedamos.
Entonces recordemos, la muerte de alguien cercano es simplemente el fin de una etapa. Después de este frío y triste final un nuevo período nace, una nueva vida comienza.
La muerte ajena es siempre un punto y aparte. La muerte ajena también nos hace vivir.
Mi historia comenzó hace unos dos años,
con una muerte ajena
.