Sacó unas gafas minúsculas. El fornido personaje, ancho y largo como una fortaleza de la edad media, estiraba las patas de sus diminutos lentes de contorno plateado.
Empezó la tormenta.
Miles de miles de cámaras se alzaron al cielo, emitiendo luces cegadoras instantáneas. La lluvia cayó con fuerza, invadiendo al espécimen como se invade a King Kong al momento de exponerlo al mundo y a la prensa.
La tempestad se tranquiliza, dejando una breve garúa de una, dos, tres y hasta cuatro o cinco luces más.
La tempestad termina; ya lleva las gafas puestas.
El show termina; el telón cierra.
El show comienza; el telón abre.
Era una cuarto pequeño, o al menos esa era la sensación. Incluso el cuarto más grande se vería y sentiría pequeño al estar abarrotado de tanta gente; evitaré adjetivos.
El cuarto abarrotado de gente. Una mesa rectangular, toda de madera de caoba, al centro del salón. La gente apiñada alrededor. Al los extremos norte y sur de la mesa, cerca de ella, dos sillas grandes de roble. En las sillas, a la mano derecha, el entrevistador semejante a una pasa; a la mano izquierda, el entrevistado, semejante a lo que denominan comúnmente como superhéroe, superhombre, hombre invencible, intocable, invulnerable.
A cada extremo de la mesa, sobre ella, dos micrófonos, de esos empotrados a una base plana para posarlos en un lugar fijo y con el cuello largo y las plateadas vértebras al descubierto. Un micrófono para el entrevistador y otro para el entrevistado.
Todo listo.
El joven macizo se mantenía serio, mientras el viejo se mostraba sonriente, descubriendo dientes postizos cuidadosamente confeccionados; estaba simplemente fascinado.
El barullo general frenó en el acto al momento en el que el viejo erguía el largo cuello de su micrófono, similar al alargado cuello de un diplodocus, enderezando bien las vértebras, una por una. El ritual de iniciación había terminado: micrófono enhiesto; el silencio reinaba.
El viejo abre la boca y el silencio cierra la suya: -Muy buenas noches, televidentes, espectadores y radio fanáticos. Tenemos hoy, con nosotros, a un invitado especial. A continuación, y para seguir con el protocolo, mencionaría algunos datos biográficos de nuestro invitado pero, como deben saber, no poseemos dicha información y creemos que nadie lo hace… aún. Es por esta razón por la que hoy, querida audiencia, tenemos la importante tarea de esclarecer los hechos y de hurgar en el pasado: el pasado de un aclamado personaje, odiado por muchos y querido por otros. Con nosotros, ¡Truman Risk! – dijo extendiendo la mano en dirección al futuro entrevistado.
-Si es que ese es su verdadero nombre – dijo ignorando la presencia de algunos aplausos restantes y en dirección al público, como si el Sr. Risk no estuviera presente – Truman Risk… ¿es realmente ese tu nombre? – preguntó, girando el cuerpo, apoyando un codo sobre la mesa y mirando al invitado.
-Hasta donde tengo entendido, sí – dijo el hombre, emitiendo una voz ronca y grave, como una cuerda de contrabajo, desde su amplio tórax.
-¡Que ironía!, usted es realmente de los que se toman riesgos. Bueno, muchacho, ¿Qué me dice?, ¿Cómo ha estado?, ¿Alguna novedad?
-Vivir es mi única novedad – desvió la mirada al carné del viejo, con su foto en él – Cosmar Raidel – dijo leyendo.
-Sí, lo entiendo, entiendo… en una profesión como la suya nunca se sabe qué puede pasar, ¿no es así? – frunciendo el ceño – Y sin embargo sólo ha respondido una de mis preguntas, la…
-Y todas se resumen en una única respuesta – dijo con la mirada fría – ¿Tiene más preguntas? – preguntó levantando las pobladas cejas.
Truman Risk era un hombre bastante grande y, según muchas, bastante guapo también. Era un tipo frío y duro como el hielo cuando de sentimientos y apariencia se trata. Era un día especial, así que había soplado incansablemente para despreciar hasta el último residuo de polvo que descansaba desde hace ya mucho tiempo sobre la ropa elegante que tenía. Levaba puestos un saco negro, camisa negra y pantalones de corduroy negros. Sin mencionar el negro sombrero que traía puesto y el pañuelo color negro poco acomodado y mal doblado en la ranura izquierda del pecho del saco. Lo único que difería, hablando de color, eran las gafas con contorno plateado, las cuales destellaban débilmente en la parte superior al recibir luz artificial. También llevaba una corbata elegante, la única que tenía. La corbata era blanca y, con las luces de las cámaras, era capaz de molestar la vista, como lo hace la nieve sometida a fuertes destellos lumínicos.
-Por supuesto que tengo más preguntas, muchacho. Ese es mi trabajo – dijo serio.
-Entonces haga su trabajo y pregunte, no quiero haber venido en vano.
-No se preocupe, no se arrepentirá de haber venido, se lo aseguro – dijo confiado, como sabiendo algo más, algo inesperado – Truman, ¿hace cuánto hace lo que hace?, como se le llame. Ha sido llamado heroísmo por algunos e, incluso, superheroísmo por muchos otros.
-Honestamente no sabría cómo llamarlo… Tal vez altruismo práctico, ya que de nada sirve preocuparse y no actuar, como lo hacen los mal vistos políticos y los bien vistos mártires. ¿De qué sirven las palabras sino van acompañadas de una acción, de un verbo? – preguntó algo emocionado, como un infante recibiendo un juguete nuevo – Hago lo que hago desde pequeño, recuerdo haber protegido a algún amigo o desconocido de las sucias manos de oportunistas, dentro y fuera de nuestra burbuja escolar… ¿Sabes?, oportunistas hay demasiados, considero que ya son una raza o que, dios no lo quiera, son la evolución contra evolutiva de la raza humana. ¡Pero que dios no lo quiera!, sino estaríamos perdidos.
-Mmm… muy interesante aquello que dice. Me surgen dos interrogantes, la primera: ¿Asistió usted al colegio?
-Oh, no, no, discúlpeme, no me expresé con claridad. Dije “nuestra burbuja escolar”, ¿no es así? – preguntó haciendo un gesto de comillas con sus alargados dedos – quise decir “su burbuja escolar”. Sin embargo me vi muy familiarizado con ese ambiente. Me hice buen amigo del vigilante. Solíamos ver televisión y escuchar radio juntos. Además me dejaba entrar al colegio cuando quisiera. Así es como me enteraba un poco de lo que pasaba dentro y fuera del mundo, fuera y dentro de la burbuja. Y, bueno, defendía a los muchachos que pasaban cerca. Siempre trataba de armar diálogos y soluciones razonables y pacíficas a los problemas en mi cabeza, pero el pleito siempre terminaba con un puño bien cerrado y, segundos después, una nariz rota y una cascada de agua roja.
“Kum”, “Pow”, “Pum”, “Paf”, “Boing”, “Boom” - ¡Niños dejen de jugar así! ¡Rayos y centellas, pequeños demonios! – exclamaba una madre desesperada al otro lado de la radio, al otro lado de la ciudad.
-Ya veo – decía el viejo con la sonrisa reencarnada- Segunda interrogante: ¿Cree usted en dios?
Truman Risk echó a reír. Parecía una torre parlante y animada que se movía de un lado a otro a causa de la convulsión de la risa. Decía “disculpa” de cuando en cuando sin poder parar de reír, dejando atónita a la atenta audiencia.
-Discúlpame – dijo cambiando de cara bruscamente – Nunca me habían preguntado cosa semejante . Supongo que era porque me conocían, cuando existía gente que lo hacía… No creo en dios, Cosmar. Por lo menos no de la forma tradicional y aceptada. Creo en lo que mis manos son capaces de hacer y creo, sí, que dios es más que todo una sensación, la cual tiene cada ser humano alguna vez en su vida.
-Lo hubieras hecho bien de filósofo – reía el viejo, tan entretenido – Supongo que lo que dijo fue sólo una expresión... ¿Y que me dice de aquello?, ¿dios es una sensación?
-No sé cómo explicarlo. Supongo que lo que trato de decir es que dios está presente en un hermoso paisaje o en algo indescriptible que sentimos o experimentamos... Supongo que no soy tan frío como dicen.
Y no lo era. Gélido y duro como el hielo, pero también ablandado por recuerdos, derretido.
-La prensa puede ser malévola y totalmente prejuiciosa, Truman. Te pido perdón por eso.
-No tienes porqué.
Se hizo silencio. El superhombre decidió aterrizar a su estado original: serio y frío; cero grados.
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Experimento: "Crónicas de un hombre invencible"- Parte 1
martes, octubre 13, 2009Publicado por Ernesto Chirif W. a las 19:11
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