Continuar con el cuento / Taller con Samanta Schweblin

viernes, agosto 07, 2009

-¿Por ejemplo?- pregunta el chico.
-Por ejemplo el dedo meñique de su mano izquierda.
-¿Mi qué? – dejó de reír el muchacho.
-Sí, ¿por qué no? Si gana se queda con mi coche, si pierde me quedo con su dedo.
-No entiendo, ¿Cómo que se queda con mi dedo?
-Sí, se lo corto.

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-¿Cómo dice? – preguntó pálido el confundido muchacho.
-Pues sí, se lo tengo que cortar, sino no me lo puedo quedar…o sí?
Hubo un silencio prolongado, el viejo y el muchacho se miraron fijamente a los ojos, casi sin parpadear. Mientras tanto, yo tomaba de rato en rato un trago de cerveza, o le daba una pitada al cigarro, poniéndome cada vez más nerviosa, más impaciente.
El muchacho se sonrojó un poco y soltó una risita nerviosa.
-Habla en serio? – preguntó el chico.
-Siempre- respondió el viejo frunciendo el ceño, hallando inconcebible la pregunta a la que respondía – Yo no bromeo, muchacho.
-Suele apostar cosas de este tipo? – el muchacho abría y cerraba el encendedor, casi inconscientemente.
-Pero claro, todo el tiempo, me gusta apostar… ¿Qué dices muchacho, aceptas? Un dedo pequeño por una gran Cadillac, bastante justo, ¿no crees?
-Bueno, a diferencia de que el meñique es parte de mí…
-¡Alto ahí muchacho!, ese Cadillac es parte de mí, ¿entendido? – mientras acompañaba las dos últimas palabras con dos palmazos sobre sus piernas, acentuando con ritmo – Muchacho apresúrate, me hago cada vez más viejo.
-¿Cómo sé que tiene un Cadillac? – preguntó el americano, indeciso, desesperado, sin saber qué más decir.
-Dios, muchacho, sal y lo verás: cuatro llantas, dos puertas, algo alargado, gris oscuro, techo pálido como tú y cuatro faros delanteros… ¡Vamos, anda, sal, mira!
El americano se levantó al instante, como acatando el mandato de un superior.
Mi cerveza yacía en la mesa. Mientras el chico volvía, el viejo tomaba un sorbo de mi cerveza como si yo no estuviera presente.
-Es un gran auto el que tiene allí – dijo el americano algo agitado. Había emoción en su voz y, al parecer, los nervios se habían calmado.
-Sí, sí, lo que digas… ¿Quieres probar suerte o no, muchacho? Si no se lo ofrezco a alguien más, no tengo todo el día.
-Bueno, que le parece si apostamos libertad condicional? Gana y tiene mi dedo cuando quiera, yo se lo llevo; pierde y yo tengo su coche cuando yo quiera, usted me lo trae.
-No muchacho, muy listo, pero no. Las apuestas son todo o nada. O pierdo el coche o gano el dedo. Además, quiero el dedo, no a usted. Me gusta apostar, no hacer amigos. ¿Aceptas la apuesta muchacho?
-Está bien – dijo tras una pausa, tartamudeando.
-Bueno, ¿qué esperamos? manos a la obra.
Viejo y muchacho, se retiraron.
Había olvidado por completo la existencia de la inglesa, que ni siquiera se había movido. Parecía una pieza de porcelana, tan frágil, inmóvil y pálida como una tacita de té.
La mujer inglesa llevaba el pelo suelto, empapado aún. Tenía grandes ojos marrón claro y labios carnosos y rojos que contrastaban de forma agradable con su palidez.
-No te preocupes – traté de calmarnos – no puede ser verdad. Seguro le estaba tomando el pelo. Además, dice que el encendedor nunca falla, ¿no?
La inglesa, tan frágil, asintió con la cabeza y sonrió tímidamente.
Permanecimos calladas y, al cabo de algunos minutos, escuchamos pasos. El viejo se aproximaba con una sonrisa ancha en la cara. No nos miró, pero dejó sobre la mesa el dinero suficiente como pagar nuestra cuenta, incluyendo la propina.
Dinero en mesa, el viejo se retiró, mientras lo seguíamos con la mirada, como esperando a que dijera algo o que al menos nos mirara de vuelta.
Salimos movidas por la curiosidad.
El viejo caminaba en dirección al Cadillac y, cuando creí que pararía para estirar la mano y entrar, siguió de largo, bordeando un Volkswagen rojo modelo escarabajo hasta llegar a la puerta del conductor. Acto seguido, la abrió y entró.
El viejo sacó algo de su bolsillo, era alargado, blanco y no era ni muy pequeño ni muy grande. Lo colgó del espejo retrovisor junto con los demás.

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