Día de censo

martes, noviembre 03, 2009


Era una tarde de octubre. El frío calaba los huesos y el hecho de moverse era un tanto dificultoso. Era menester quedarse en casa para permanecer caliente y, en este caso, para llevar a cabo un exitoso censo; domingo al mediodía, nada que hacer y nada que esperar.

Tras una exhaustiva rutina, el muchacho encuestador, envuelto en polares, dos pares de calzoncillos, dos pares de medias, gorros y guantes sumamente gruesos, llegaba, con un pequeño portafolio de cuero, a uno de sus últimos destinos: la quinta “Roldán”, casa número 301.

La casa constaba de un garaje, dos ventanas delanteras y una gran puerta de madera de caoba, sin mencionar el gran ventanal circular que lucía de forma elegante en la cima del domicilio. Se trataba de una casa antigua ya algo maltratada por los años y con arrugas en el cuerpo que, sin embargo, resultaba bastante atractiva a primera vista. La casa presentaba, también, una apariencia extraña, de esas de lugar abandonado.

Para llegar a la puerta de entrada era necesario subir antes una gran escalera de piedra. Tras hacerlo, el muchacho se sacó el guante derecho, experimentando cierta dificultad al estar enteramente envuelto en lana, y extendió el dedo índice de la mano descubierta, tocando el timbre del 301.

Enseguida sonó un fuerte sonido, estremeciendo al muchacho y haciéndole dar un brinco. Desde dentro se escuchaba una risita, que cada vez se acercaba más, sonando cada vez un poco más fuerte. Sonaron varios candados desencadenándose y, después de algunos segundos de espera, se asomó una cabeza curiosa.

- ¡Hola!, ¿Qué tal? Pase, por favor – dijo el tipo con barba de mucho tiempo en el grande rostro, sonriendo - Bastante real, ¿no? León africano, una preciosura de timbre. ¡Me encanta ver como se llevan un buen susto!

- Y sí que me lo llevé – dijo tímido, el encuestador, mientras entraba a la casa, en dirección a la mano extendida del hombre.

Una bruma de calor invadió al encuestador, percatándose, también, de las ropas que llevaba puestas el hombre con barba: sandalias, pantalones cortos y una camiseta delgada. El clima del interior de la casa era nada más y nada menos que de trópico, lo cual llevó al encuestador, ahora más nervioso, a desabrigarse con suma rapidez. Sin embargo, gotas de sudor ya habrían asomado desde la cima de su cabeza, resbalado por ella y luego por su frente hasta caer de forma inesperada en el suelo alfombrado.

- Oh, debí advertirle del clima, lo siento. A veces me olvido de cómo es afuera. Compro comida por semestre, y así nunca me topo con el invierno – dijo sonriendo, el hombre.

- Ya veo… - dijo el encuestador – Bueno, aún tengo un par de sitios a dónde ir, así que debería empezar – dijo aclarándose la garganta.

- ¿Empezar qué? – pregunta el hombre, desconcertado.

- Pues el censo, claro – respondió.

- Oh, yo creí que venía a visitarme – dijo desilusionado – ¡Bueno!, ¿Qué más da?, ¿Whisky? – preguntó sirviendo.

- Bueno… - y el hombre le entrega un vaso – Está bien, supongo.

- ¡Ni siquiera estaba enterado del censo! – dijo exagerando.

- Pues claro que hay censo, por eso todos están en casa, esperando.

- Yo ando por aquí igual. Todo el día, todos los días. Es más, podrías venir a censarme todos los días, ¡y a censarme hasta que la muerte nos separe! – dijo con una sonrisa cálida.

El hombre deambuló por unos instantes mientras tomaba uno que otro trago de su Whisky Jim Beam, a mitad del pleno día, con cierto aire nostálgico.

- Puedes tomar asiento. Justo ahí – el encuestador toma asiento sobre uno de los sillones verdes con tono amarillento que, sin lugar a dudas, habían sido tocados por el tiempo. El hombre lo miró, como si estuviera a punto de tomarle una foto, y se retiró unos instantes.

La casa presentaba parámetros bastante amplios. Olía a polvo y a libro antiguo. El encuestador era amante del olor a libro antiguo por razones que desconocía. Tal vez porque evocaba en él recuerdos, y dicen que el olfato es el sentido que más estimula la cinta de memoria.

La casa se veía maltratada, aunque de manera agradable; el tiempo había dejado marca. Parecía, hasta cierto punto, un lugar de venta de antigüedades: habían pipas de todo tipo, tocadiscos, muebles envueltos en telas antiguas, alfombras con diseños disparatados de apariencia europea, una máquina de escribir Underwood, un teléfono de madera con chapas de cobre, una colección de botellas de coca-cola, unos cuantos relojes de madera muertos que indicaban con capricho una misma hora a todas horas… pero lo que más llamó la atención del entrevistador fue, sorprendentemente, algo nada antiguo. Frente al sillón donde tomaba asiento había una especie de mesa, en la que el barbudo posaba una bandeja de bocadillos tras una corta ausencia.

- ¿Bocadillos? – preguntó ofreciendo – Veo que ya te fijaste en mi nueva mesa. ¡Al fin le encontré un buen uso a esos libros de porquería! Y mira, se ven muy bien.

El entrevistador tomó un pequeño pan con queso de cabra de la bandeja casi como por reflejo, observando la gran mesa cuidadosamente acomodada de libros de todo tipo.

- Y no creas que odio los libros, ¡para nada! Soy amante de la lectura, pero me han ido atiborrando con estos libros infames. Desgraciados...

- Bueno, empecemos – dijo el joven desorientado.

- ¡Vale! – dijo emocionado, el hombre de las barbas, como si estuviera a punto de empezar algún juego.

- Em… ¿Nombre? – pregunta el encuestador, nervioso.

- Antonio Mississippi.

- ¿Eso es un nombre?

- ¡Pero claro!

- Bueno. ¿Tiene algún segundo nombre? ¿Y su segundo apellido?

- Nada de nada. Antonio Mississippi, sin más.

-Está bien, está bien, te contaré la historia. – dijo el señor Mississippi al ver tan desconcertado al muchacho – No es nada del otro mundo. Mis padres eran hippies, fieles a sus creencias; paz y amor, quiero decir… – dijo alzando dos dedos, el índice y el medio, de la mano izquierda – Y, bueno, una época vivieron en la región sur de los Estados Unidos. ¡Querían ser hippies al pie de la letra! En fin, la cuestión es que compraron un terreno, bueno, mejor dicho, lo tomaron prestado, y comenzaron a plantar hierba. Sucede que los federales encontraron ese terreno y comenzaron la persecución. Tras días de huir, mis padres llegan a las orillas de un hermoso río, el Mississippi. – dijo sonriendo - Y allí fue donde perdieron de vista a la autoridad, ¡se burlaron de ella! – dijo levantando el índice a la altura de su pómulo – y tras una noche de celebración, pasión y mucha marihuana crearon esto, – dijo señalándose el pecho – decidiendo llamarlo bajo el nombre de Antonio Mississippi, en honor al río que salvó sus pellejos.

El entrevistador quedó absorto.

- Lo sé, lo sé, es algo impresionante. Estoy muy orgulloso de ellos. Bueno, ¿piensas continuar?

- Emm… sí, ¿algún familiar?

- Claro, mis padres.

El encuestador comenzó a hurgar con la mirada.

- Pero se fueron de viaje.

- ¿A dónde?

- Quién sabe. Tal vez al cielo, tal vez al infierno. ¿Tú qué crees?

El encuestador se puso pálido y comenzó a sudar de nuevo.

- ¡Era broma, tranquilo, muchacho!, ¿no has oído hablar del humor negro?

- Disculpe, pero debo hacer el censo. A lo que me refería era a si vive con alguien o no.

- Oh, bueno, tan sólo vivimos… – desvió levemente la mirada y abrió grande los ojos – ¡Marx!, ¡Nietzsche!, ¿Qué diablos hacen?, ¡Dejen de estropear el sillón! Discúlpeme, ¡son unos maleducados!… ¡Ejem!, y yo también, no los presenté como es debido. Éstos son mis amigos, gatos y acompañantes: Marx y Nietzsche.

-¡Dios mío! –dijo pálido y estremecido, el muchacho, al ver a los felinos.

- Oh, son mansos, no se preocupe. Llevan ya cinco años conmigo. Son tan sólo gatos, muchacho, ¿a que le teme? Actúa como un niño. ¿Quién lo diría?, miedo a los gatos – comenzó a dar de carcajadas – Oh, ¡soy un tonto!, tampoco introduje a su conocimiento a mi gran loro onomatopéyico, bueno, su verdadero nombre es Patricio, porque lo trato como a uno.

- ¿Loro onomatopéyico?... – preguntó el entrevistador sudoroso y con la voz quebrada sin apartar la vista de los felinos -que ya se retiraban- presionando los costados del sillón, en donde reposaban sus codos y manos.

- ¡Así es! Así es como lo llamo, es un gran seudónimo. Ya lo verá, muchacho – dijo Antonio Mississippi con una sonrisa ancha.

Sonó algo siendo degollado y un felino volvió a entrar en escena.

- ¡Ya te dije que no traigas a esas ardillas!, ¡y mucho menos si están muertas! – gritó molesto el señor Mississippi – ¡¿Qué has hecho, Nietzsche?! – comenzó a arrebatarle al animal la criatura muerta.

El encuestador pareció afligido por la escena. Si bien por los gritos, también por la presencia de aquellos animales. Acto seguido, sonó un avión volando por los cielos, haciendo temblar levemente la colección de botellas de coca-cola del estante antiguo.

- ¡Fuuuuuuuuuuuuuuuuuuu!

- ¡¿Lo escuchaste?! – dijo volteando rápidamente – Ese es mi querido loro onomatopéyico. Nunca aprendió a imitar palabras, tan solo sonidos de cosas, como el avión que acaba de pasar. ¡Friedrich Nietzsche!, quédate justo donde estás, ya vengo– se paró y se dirigió a un pequeño patio interior – ¡Dios, no está en su jaula! ¡Loronomatopéyco!, ¿qué diablos haces? ¡No te comas mis plantas! ¡Patricio, maldito loro! ¡Suéltalas, maldito demonio! – gritaba furioso mientras luchaba a duelo con el loro, que mordía las plantas de apariencia extraña con mucho ahínco.

El encuestador, temblando, se paró como un títere a medias desarmado; a medias armado. Cogió el portafolio y sus papeles sin cuidado, doblándolos todos. Marx, el otro animal, comenzó a arañar el sillón y, acto seguido, comenzó una riña con Nietzsche por obtener la presa.

El muchacho estaba temblando cada vez más. Atinó, desesperado, a dirigirse rápidamente a la puerta, evitando obstáculos y cosas tiradas en el piso a causa del alboroto de los animales.

El encuestador llegó al fin a la puerta, tomó el cerrojo rápidamente y lo giró, jalando con fuerza. La abertura se vio interrumpida por la mano de Mississipi, quien no pretendía dejarlo salir.

- ¿Qué haces, muchacho?, ¿no piensas terminar con el censo?

- ¡No! ¡Ya he tenido suficiente de usted y sus animales! - gritó el hombre al medio de la histeria.

- ¡Pero ni siquiera sé tu nombre, muchacho!

- Yusded Onel, ¡hasta nunca!

- ¡Quédate! – exigía el hombre.

- ¡No, Señor! Esto no es normal ¡Lo que usted necesita es otro tipo de asistencia! – habiendo pronunciado las últimas palabras, dio media vuelta, terminó de abrir la puerta y la cerró bruscamente tras haber salido aprisa.

- ¡JA!, ¿Otro tipo de asistencia?, ¿Qué me dices de eso, Marx? – preguntó Mississippi mirando a la fiera.

Lo último que se escuchó fueron pisadas apresuradas, un fuerte grito: “¡TAXI!”, y un motor tosiendo y encendiendo, siendo forzado a ir a muchos kilómetros por hora.

1 comentarios:

Aleph dijo...

Me encantó este especie de "compilatorio", está entretenido es como cuando no paras hasta terminarlo.
Y en fin, por experiencia propia, haciendo encuestas te encuentras con personas de todo tipo.