¡Hogar, dulce hogar!; en construcción

viernes, noviembre 06, 2009

Tal vez, sin embargo y a pesar de todo era buena idea volver a casa.

En compañía de una cara larga, el Señor Prialis iba a la deriva con una gran maleta de cuero verde en una mano y un bastón de antaño en la otra.

Sus pisadas cansadas y el golpe del bastón sobre el pavimento generaban una síncopa mientras el sujeto arrastraba la enorme maleta y los ochenta y cinco kilos de su cuerpo mismo. En la cúspide de éste, en el metro noventa y dos, descansaba un sombrero negro alargado.

El Sr. Prialis caminaba evitando puentes y semáforos. Dada la hora, se vería libre de aquellos obstáculos y podría movilizar sin mayores percances a su cuerpo poco hábil y su pierna izquierda mal puesta.

Al acercarse a su último destino, la calle 62, divisó gran cantidad de señalizaciones de construcción, pero nada “en construcción”. Pensó haberse equivocado de domicilio, pero al acercarse un poco más se topó con la sorpresa de que estaba parado frente a su propia casa; la misma casa de siempre, apretujada entre otras dos con bordes de ladrillos altos cada una.

“Cuidado, hombres trabajando”, decía un cartel acomodado cerca de la puerta. “Deberían hacer uno así para políticos”, pensó con una sonrisa en el rostro. Y sin dar mayor importancia a las señalizaciones y asumiendo que se trataba de un simple malentendido, se apresuró en arrastrar la maleta unos pocos metros más, abriendo la puerta de la reja, atravesando el jardín y, por último, ingresando por la puerta de la casa.

Habiendo entrado, aspiró profundamente, disfrutando el olor a hogar; estaba todo justo y como lo había dejado.

Se dibujó una sonrisa en el rostro del hombre. Acto seguido, se sacó el abrigo, que ya sentía pesado, y lo colgó en el perchero. Se estiró como quien se estira después de una larga siesta, dejó el bastón apoyado en la pared de madera con calados de rayas verticales y tomó el sombrero negro con una mano, lanzándolo por los aires, en dirección al sillón de cuero negro, como un boomerang sin retorno. El sombrero aterriza con éxito en el segundo cojín y el señor Prialis decide sentarse en el primero.

Dadas las circunstancias perimétricas de la sala, el sillón se veía obligado a entrar apretado y, sobre todo, a estar bastante pegado al televisor, separándose por tan sólo medio metro de distancia; y era ésta la distancia ideal para modular el canal y volumen deseados con ayuda de un dedo gordo del pie y un poco de esfuerzo flexible.

El señor Prialis tanteó un rato, buscando algo interesante que ver. Al cabo de unos momentos decidió caer rendido, dejando en sintonía un documental poco interesante que evocaba recuerdos poco gratos en él; un documental titulado “La menopausia: orígenes y consecuencias”. Volteó a ver su pequeña casa de una planta una vez más, y estaba todo tal y como lo había dejado; aún había algunos platos sucios en el lavadero que el señor Prialis estaba decidido limpiar, tal vez mañana, tal vez pasado. Y sin contar ovejas y contando platos cayó en el reino de los sueños, donde éstos gobiernan algunas muchas veces, casi siempre, en él.

Se despertó sintiendo que había pasado tan sólo un instante, como un abrir y cerrar de ojos en el que la noche pasa inadvertida y llega el día descalzo, sin que nadie lo escuche o se percate de su presencia.

El señor Prialis despertó mientras la cabeza le dolía como si un taladro penetrara en su cráneo de forma inescrupulosa al momento que, sorpresivamente, sonaban taladros, soldaduras y martillazos desde afuera. El hombre se encontró con un gran charco de saliva de forma oval en el sillón de cuero, donde su cabeza y cuerpo, que sumaban aún ochenta y cinco kilos, descansaron por un promedio de siete horas. Cerró bien la boca, tragó saliva y se limpió con la manga.

Lamentándose por el charco en el sillón, el señor Prialis cogió su bastón de tres generaciones de uso y recorrió la pequeña porción de su casa camino a la puerta, mientras se cogía la cabeza con fuerza y el dolor lo acechaba al tiempo mismo en que sonaba un ruido intenso desde afuera.

Abrió la puerta con rapidez y se apresuró aún más en recorrer el pequeño patio, divisando a cuatro hombres frente a su reja, dos de ellos en terno, una ridícula corbata michi y un sombrero negro, como de esos antiguos.

El señor Prialis frunció el ceño, achicando los ojos y haciendo una mueca de fastidio con la boca; resaltaron sus arrugas fuertemente labradas. Dejó en paz su cabeza con bastante pelo gris y blanco aún presente y exclamó con fuerza:

- ¡¿Qué demonios creen que están haciendo?! - gritó en pugna del ruido penetrante, levantando el bastón amenazadoramente.

- ¡Más estaño!, ¡más estaño! – terminaba de gritar un muchacho de unos treinta años de edad al obrero que soldaba la puerta de la reja con la reja misma. Mientras, volteaba la mirada, dirigiéndola al viejo.

- ¡Señor, viene usted justo a tiempo! Mi nombre es Franz. Es un gusto – pasó la palma de la mano por la reja, en señal de saludo.

- Y yo soy Marz. Un gusto – hizo lo mismo, extendiendo la mano.

Prialis se vio sorprendido y no remedió más que a responder al saludo y estrechar un par de manos; el taladro penetraba en el piso con fuerza, pretendiendo quebrar el pavimento que cercaba la puerta.

- ¡Dios mío! ¿Podría parar de hacer eso?

- ¡Lo siento, estamos contra el tiempo! – gritó Franz con una sonrisa pragmática mientras el muchacho del taladro seguía haciendo lo propio, sin haber si quiera pestañeado.

El señor Prialis agitó la puerta de la reja, la cual no se movió considerablemente.

- Oh, no se preocupe usted. Quedará compacta y fuertemente soldada.

- Pero, ¿qué hacen? – preguntaba el viejo más preocupado que furioso – ¡Quiero ver papeles, permisos!

- Marz, por favor.

El tipo obedeció de inmediato (de seguro se trataba de un subordinado): abrió el pequeño maletín de negocios y sacó de él un fajo grueso de papeles con pequeñas letras impresas en cada una de las páginas.

- Tiene, digamos, más del tiempo suficiente para leer con atención.

- ¡¿Pero es que acaso están ciegos?! ¡Estoy adentro! - decía Prialis tratando de abrir la puerta de la reja, agitándola con fuerza sin conseguir moverla.

- En efecto, lo está. Y no estamos ciegos… aunque, a decir verdad, tu tía sufre de eso, ¿no es así, Marz?

- Oh, sí, pobre de ella, está perdiendo la vista ¡Tan sólo espero que no sea genético y que no me lo haya heredado!

- Pues es probable, amigo mío... - Marz se sobó los ojos, para percatarse de si aún veía - ¿Y cómo está la familia? ¿Qué tal los niños, la esposa?

- Oh, muy bien, bien. La esposa bien y los niños cada vez más grandes, feos y desobedientes.

Comenzaron a reír, dejando al señor Prialis con la mirada perdida.

- ¡Oye!, ¿y qué me dices de Paula, como está ella?

- Ya te dije que tiene novio, Franz, ¡entiende! - dijo Marz en tono de burla.

- ¡Perdón que interrumpa!, ¡pero exijo una explicación a mi situación! – dijo indignado, el hombre.

- La tendrá, señor César Prialis, la tendrá… pero todo en el momento debido. Entre tanto, usted tiene esos papeles. Allí dice con detalle pequeña porción de lo que tenemos como obligación. Y, verá, usted no hizo caso a las señalizaciones, y eso no es culpa nuestra, escapa totalmente de nuestras manos – respondió Franz al momento en que Marz indicaba al soldador dónde poner unas barras de hierro en el espacio taladrado, para después soldarlas.

- ¿Qué señalizaciones?

- ¡Señor, el letrero es claro! Dice “Cuidado, hombres trabajando”… – dijo tomando el cartel y volteándolo a la vista del viejo, que estaba detrás de la reja – Que usted no haga caso a la ley y sus normas no es culpa nuestra.

- ¿Es esto una broma?

- Oh, no, señor, no. Nosotros no bromeamos, al menos no en horas de trabajo. Tan sólo reímos y, corríjame si cometo equivocación, señor, pero tenemos entendido que reír no es bromear en lo absoluto.

- ¡Pero tengo derechos! ¡No pueden invadir mi propiedad de esta manera! – decía el viejo, desesperado.

- Oh, podemos, podemos. Tan sólo acatamos órdenes superiores y, créame, ellos no conocen la equivocación.

- ¡Que no sean conocedores del error y la equivocación no significa que no la cometan!

- Es eso falso. De otro modo, es muy cierto lo que dice mi compañero Franz: sus cálculos son fríos y perfectamente calculados. Tenemos fe ciega en ellos – argumentó el otro, a favor de su camarada.

- Pero sí que parecen sacados de una comedia de mal gusto, ¡y qué formas de hablar! Apelo a su humanidad, muchachos. ¿Cómo pueden encerrarme de esta manera?

Comenzaron a reír a carcajadas, como si el viejo hubiera contado algún chiste realmente bueno.

- Señor César Prialis, créanos, hemos cometido cosas peores en nombre de la ley - decía Franz con una sonrisa en el rostro, como diciendo lo evidente a alguien que no comprende.

- ¡Y sí que lo hemos hecho!... ¡Es más! Tenemos más visitas que realizar – dijo Marz.

De repente, éste último cambió de gesto inmediatamente, se mantuvo serio y meditó unos instantes. Acto seguido, le susurra algo al oído de Franz; Prialis se empeña en leerle los labios, pero sin obtener éxito alguno. Al rato, Franz dirige una mirada de comprensión forzada al señor Prialis, como una mirada de compasión que se le dirige a un niño, sabiendo que es culpable de la travesura pero que haberla cometido escapa de sus manos; sabiendo que es naturaleza propia del infante.

- Señor, ¿cuántos años tiene usted?... Si bien tengo entendido, usted tiene cincuenta y cuatro, ¿no es así?

- Cincuenta y cinco, contando el día de hoy – dijo, apenado, el viejo.

- ¡Señor!, ¿entonces por qué esa cara? Usted cumple años, ¡alégrese! – exclamó de repente el obrero que taladraba que, habiendo terminado, descansaba sentado en el suelo, observando y escuchando a los hombres, como si se tratáse de una obra de teatro.

- Bueno, señor – comenzó Franz, haciendo caso omiso al comentario del tipo – Ya cincuenta y cinco años… Ya es un poco elevado, ¿no cree?

- No comprendo… ¿qué intenta decirme? – dijo, extrañado, el señor Prialis.

- Que está usted un poco, digamos, coloquialmente, ya un poco viejo – dijo con la misma cara de comprensión pasiva.

- ¿Cómo te atreves, muchacho maleducado? – dijo en tono amenazante, el viejo, empuñando con fuerza el bastón.

- Oh, señor, por favor no me malinterprete… Sólo intento decirle algo simple y, tomando en cuenta su inteligencia, espero pueda entender – hablaba con un tono extremadamente suave; el tono que usas con un loco inofensivo para decirle que, evidentemente, ha perdido la cordura.

- Pues diga, muchacho – respondió impaciente.

- Sólo digo que la edad interviene en nuestra manera de actuar… sólo eso, y creo que es por esto que no comprende como es debido lo que sucede en estos instantes. Nuestro deber, quiero decir.

- No le estoy siguiendo.

- Mire, le pongo un ejemplo simple: un adolescente. Verá usted, éste adolece y siente que ya ha vivido demasiado, así como se siente deprimido o extremadamente feliz; hay un cierto nivel de bipolaridad… Bien, las edades a veces juegan malas pasadas… y es usted ya un poco mayor…

- ¿Me estás llamando senil?

- En otras palabras, sí.

El viejo empuñó con fuerza el bastón y, al ver Franz su reacción, éste alegó: - ¡Pero me lo dijo Marz! ¡Fue todo idea suya!

- Sí, señor, lo lamento. Sucede que, así como casi ciega, también mi tía presenta algunos síntomas de la edad. Déjeme explicarle… - En eso vino un tipo con casco de obrero, silbando y avanzando a paso relajado con un martillo en una mano y una pequeña caja transparente con clavos de hierro en la otra, agitándolos y generando un leve sonido.

- ¡Terminé! Ya tapé todas las ventanas habidas y por haber.

- ¡Bien hecho!

- Bueno, aquí nuestra labor acabó ¡Vamos, muchachos! – y se dieron todos media vuelta, en dirección al este.

- ¡No, por favor no se marchen!

- ¡El deber nos llama, señor! – dice Franz.

- Y no dudamos de su inteligencia, sabemos que podrá comprender la situación – dice Marz al momento en que los obreros se despedían de forma amigable con la mano.

- ¡Demonios, no me dejen! ¡¿Qué no ven?! ¡No puedo moverme con facilidad, y mucho menos podré salir!

- ¡Entonces queda confirmado, hemos hecho bien nuestro trabajo! – dijo Franz en compañía de una sonrisa inescrutable.

- ¡Que tenga un buen día!

- ¡Y que tenga un feliz cumpleaños!

- ¡Malditos sean! – decía agitando con desesperación la puerta; ésta se encontraba compacta y fuertemente soldada. No se movió en absoluto.

Y se retiraron todos, siendo seguidos por el sonido del que cada vez más se alejaban.

El sol salía; el viejo gritaba; las sombras de los hombres se alargaban.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Los diálogos entre los adultos mayores, cuya cordura puede ser puesta en duda, y los jóvenes -sobre todo los talentosos e inquisitivos - suelen ser de suyo deliciosos ! ¿Qué representa Prialis en la historia?...estoy en ello.Por lo demás, me gusta el símil de la bipolaridad relativa a los adolescentes, es ciertísmo !!
Martin L.

Anónimo dijo...

Ahora q he vuelto a leer "Hogar Dulce Hogar" de mi amigo, talentoso y jóven escritor, caigo en la cuenta de un detalle: Los personajes centrales de todas sus historias son varones; Truman Risk, Lou Mazzari, El joven gay y el psicólogo, los amigos en la plaza y ahora Prialis, Marz etc. Se infiere pues del autor, una sólida identidad; aunque no obstante sería sumamente interesante por no decir alucinante que explorara la posibilidad de escribir desde el ángulo de visión de las mujeres...a ver como le va, no en vano están estas últimas - junto con la música y los libros - entre sus predilecciones.
Martin Loayza

Spectro dijo...

Tremendo. James, eres realmente talentoso, no dejes la pluma, siempre tiene que estar activa.

Spectro dijo...

PD: Como los espacios entre viñetas en el manga, tus interesantes y concisos párrafos cortos hacen la lectura más fácil, un párrafo largo no está mal (¿quién soy YO para juzgarlo?), pero en verdad aturde la vista a veces.