-Bueno, ahora explícame – dijo el hombre acomodándose en su silla - ¿Soy lo que soy gracias a mi pasado?
-Pero claro, Truman. Me sorprende que alguien tan inteligente como tú no se percate de aquello.
-Ahórrate los cumplidos.
-Está bien… Todos somos producto de nuestro pasado, Truman… -medité unos instantes con el ceño fruncido - ¿Todo tiempo pasado fue mejor? No lo creo, todo tiempo pasado fue anterior. Sí, es como es. No soy adivino, Truman, pero es obvio que hay algo en tu pasado, algo doloroso, algo que te hizo ser quien eres ahora, una herida tan profunda que aún no cicatriza, tal vez porque no has dejado que lo haga… Si quieres que cicatrice, antes debe doler. El alcohol arde, ¿sabes? Algo te pasó, alguna muerte cercana, probablemente. Es por eso que te dedicas a ayudar. Cuando alguien muere comienza una nueva vida, Sr. Risk. Eres de los que ha vivido más de una vez, pero no hablo de temas de reencarnación, ni mucho menos. Hablo de cambiar, de conocer, de reconocer. Dudo que hayas tenido una infancia fácil, pero tal vez hay algo más, algo que te marcó como se marca a los caballos con un grabado hecho en metal y calentado hasta niveles infernales… No debes avergonzarte de nada, sólo te quiero ayudar, eso es todo. Sé que duele, pero debes dejarlo ir, soltarlo, mostrarlo.
Se hizo un silencio como de sepulcro. Truman Risk tenía la mirada perdida en un punto vacío, mirando a la nada. La expectativa del público aumentaba cada vez más. Nadie hablaba, sólo se esperaba.
De pronto y sin aviso previo sucede algo.
La torre se desmorona, se quiebra, se derrumba.
Truman Risk partió a llorar. La prensa se había quedado tan estúpida ante la escena que no era capaz de apretar al gatillo y disparar las luces cegadoras de las cámaras.
El llanto seguía, acompañado por fuertes sollozos y ahogados gritos.
Era un llanto cargado de dolor, de esos que son un volcán contenido de penurias emocionales desde hace mucho tiempo. Eventualmente, el volcán estalla.
La torre parlante se agitaba desconsoladamente, agarrándose la cabeza y apoyando los codos sobre la mesa. Truman se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa. Se quitó, también, el negro sombrero que llevaba puesto y lo posó sobre su pecho, tratando de tranquilizarse. La absorta audiencia tan sólo observaba la película dramática, algunos boquiabiertos y otros sumergiéndose en la historia.
Las lágrimas aún caían, Truman se mantenía cabizbajo con el sombrero sobre el pecho, como si estuviera en el funeral de algún pariente cercano, o en el entierro del mismo.
Entierro.
Frío costero y masas densas de humedad en forma de niebla. Ésta se condensaba de a pocos sobre mi rostro, volviéndose gotas sobre él; las lágrimas nunca llegaron, tan sólo gotas ajenas a mí; gotas del ambiente neblinoso.
Un aroma a flores de invernadero flota en el ambiente. Las mismas flores que nunca supe tratar ahora tampoco saben tratarme a mí. Como quien descuida y es tratado de la misma forma después.
La terapia grupal comienza, esta vez sobre el pasto verde y, por zonas, amarillento a causa del sol voluntarioso. La música suena a todo volumen. Instrumentos de cuerda y viento; voces hermosas entonándose a distintos decibeles y combinándose, formando una masa de sonido tan densa como la niebla misma que circunda el lugar; una gran corriente unificada de voces humanas sin apoyo artificial; pulmones hinchados entonando de forma entusiasta la más profunda de las penas. “Y, de repente, la soledad se puebla.”
El pueblo de pie y el terapeuta, todo envuelto en túnicas blancas, entra en escena, mirando altaneramente a los pacientes y saludándolos con tan sólo la mirada. Un aroma a superioridad surge desde el susodicho. El terapeuta abre la boca lentamente, como quien abre una lata de atún, y la música cesa de inmediato. La lata abre, y lo primero que sale es el aceite: comienzan las prédicas de psicología barata y las declamaciones celestiales, sin lugar a ser cuestionadas, claro. Las palabras van cuidadosamente acomodadas de forma coordinada por movimientos lentos pero seguros, como extender los brazos hacia los lados o levantar la mirada al cielo sin verlo realmente; con los ojos cerrados, a ciegas, es como se hace en nuestros días. Los pacientes, embelesados, reciben, acogen y tragan las palabras como si se tratasen de un alimento divino o del elixir para la vida eterna; la hipocresía y dependencia abundan en el aire. El terapeuta de blanco sin título profesional se retira, siendo seguido por miradas de misericordia.
- ¿Qué habrías dicho? – pregunté al cielo con el pensamiento.
No había mucha gente, tampoco había poca.
Un viejo con pelo gris, en compañía de dos mujeres, una alta y una baja, una adulta y una niña, se aproximaba a mí con la mirada atenta, como estudiándome y preparando palabras adecuadas.
- Lamentamos su pérdida – dijo el anciano – Siempre los recordaremos. Oh, creo que no lo mencioné, conocimos a Naira. Trabajaba con ella y alguna vez la invité a cenar a casa. Nos hablaba mucho de ti, y hasta nos mostró una fotografía. Me apena decírtelo, pero esa es la única manera como te pude reconocer… Esta es mi esposa y esta mi hija – dijo señalándolas, sin, ellas, emitir palabra alguna – Naira fue una gran mujer, y ellos unos niños preciosos…
- Sí, lo sé mejor que nadie – dije fastidiado – Gracias, ya pueden marcharse.
- Adiós, Truman – y, desconcertados, obedecieron, acatando órdenes de un recién viudo.
Como era de esperar, nadie más se acercó a saludar. Nadie me conocía. Permanecí de pie por una par de horas más, paseando por las tumbas, como esperando que dijeran que era todo una falsa alarma. Pero no lo era; deseé que la vida fuera sueño y nada más.
- Naira y los niños fueron la única familia que tuve y las únicas personas que me conocieron… – dijo el hombre invencible al cabo de un momento de ausencia de palabras; las lágrimas aún caían - ¿Sabes que significa Naira? De ojos grandes. Y sí que los tenía, bellos ojos, grises y grandes como un par de lunas… A veces siento que llegaré a casa y encontraré alguna luz encendida y a ella leyendo o contándole alguna historia a los niños. Era muy buena en eso, ¿sabes? Yo nunca tuve ese talento, supongo que no se aprende – su mirada se desvió, siguiendo algo con los ojos, y brillando éstos, descubriendo un castaño verdoso – Es irónico que tan rápido termina una vida. Años de trabajo, de esfuerzo, y, de repente, ¡PLAF!, – dijo juntando con fuerza las grandes palmas de sus manos, dejando un pequeño espacio entre ellas y apresando a una mosca de proporciones exageradas – te aplastan como a una mosca. Y muy pocas veces sobrevives – soltó a la mosca y la dejó ir – Es por esto, Yusded, y entre otras cosas, que no creo en un dios al que le puedo echar la culpa, a quien puedo usar de excusa. Así lo creo, quien aprenda a aceptar la vida tal y como es aceptará a dios a su vez. Y yo aún no lo hago del todo.
Las lágrimas comenzaron a caer otra vez. Truman atinó a una simple cosa. Levantó el sombrero lentamente, hasta que éste llegó a la altura de su rostro. Acto seguido, se hundió con sus pensamientos en él. Unos instantes después se descubrió la cara: ya no había lágrima, pero algo quedaba. Me recordó a un truco teatro que alguna vez me enseñaron, aunque no fue exactamente lo mismo. El truco consistía en poner cara triste y, luego, en pasar la palma de tu mano frente a tu rostro, para luego descubrir un semblante radiante; feliz.
- Tranquilo, Truman – dijo el entrevistador tras haber caminado hacia él, tomándolo del hombro – Déjame invitarte un café, conozco un sitio muy bueno. Incluso trituran los granos de café colombiano ahí mismo. Vamos, ¿qué dices?
- Sí, me vendría bien un café.
Truman se levantó y le dio unas palmadas al muchacho en la espalda.
- Vamos, yo invito, – dijo – ya has hecho bastante por mí – y sonrieron ambos.
Se dieron media vuelta y el público les abrió paso, como si se tratase de Moisés abriendo, en dos grandes mitades, el mar rojo.
Lo mejor y más impresionante fue que nadie se atrevió a tomar foto alguna. Aunque pareció que, en algún momento, alguna luz, tan sólo una, apuntó a las espaldas de Yusded y Truman.
Ambos son hombres.
Todos los hombres son vulnerables.
Experimento: "Crónicas de un hombre invencible"- Parte última
martes, noviembre 03, 2009Publicado por Ernesto Chirif W. a las 14:17
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
1 comentarios:
Buen punto, hoy en la charla que un actor dio recordé tus crónicas y es que este hombre sí es invencible. Pero, también vulnerable y su tolerancia lo hace invencible.
Publicar un comentario