Recuerdo a pesar
de la frágil memoria
que me acompaña:
¿Ves, hijo?:
Un poeta escribe en todo momento
aún cuando se está muriendo, dijiste.
Papá, tú no estás muriendo, respondí.
Todos estamos muriendo,
unos más lento que otros.
Publicado por Ernesto Chirif W. a las 16:31 0 comentarios
En este país
sábado, noviembre 21, 2009de brisas suaves pero violentas
de reflejos turbios
y de sombras de sabores grises
Las gotas suenan a lo lejos
en triste ausencia de lo vivido
y las ramas y las hojas
tan muertas o tan vivas
condenadas a agitarse
en son de una fuerza mayor
Aquí es donde la gente sabe
lo que no debería:
no hay muerte sin vida
no hay vida sin muerte
Y me sabe a gris
porque somos metal golpeado
por frío y calor a un tiempo mismo
porque somos piedra
que con agua siente
Publicado por Ernesto Chirif W. a las 8:22 1 comentarios
¡Hogar, dulce hogar!; en construcción
viernes, noviembre 06, 2009Tal vez, sin embargo y a pesar de todo era buena idea volver a casa.
En compañía de una cara larga, el Señor Prialis iba a la deriva con una gran maleta de cuero verde en una mano y un bastón de antaño en la otra.
Sus pisadas cansadas y el golpe del bastón sobre el pavimento generaban una síncopa mientras el sujeto arrastraba la enorme maleta y los ochenta y cinco kilos de su cuerpo mismo. En la cúspide de éste, en el metro noventa y dos, descansaba un sombrero negro alargado.
El Sr. Prialis caminaba evitando puentes y semáforos. Dada la hora, se vería libre de aquellos obstáculos y podría movilizar sin mayores percances a su cuerpo poco hábil y su pierna izquierda mal puesta.
Al acercarse a su último destino, la calle 62, divisó gran cantidad de señalizaciones de construcción, pero nada “en construcción”. Pensó haberse equivocado de domicilio, pero al acercarse un poco más se topó con la sorpresa de que estaba parado frente a su propia casa; la misma casa de siempre, apretujada entre otras dos con bordes de ladrillos altos cada una.
“Cuidado, hombres trabajando”, decía un cartel acomodado cerca de la puerta. “Deberían hacer uno así para políticos”, pensó con una sonrisa en el rostro. Y sin dar mayor importancia a las señalizaciones y asumiendo que se trataba de un simple malentendido, se apresuró en arrastrar la maleta unos pocos metros más, abriendo la puerta de la reja, atravesando el jardín y, por último, ingresando por la puerta de la casa.
Habiendo entrado, aspiró profundamente, disfrutando el olor a hogar; estaba todo justo y como lo había dejado.
Se dibujó una sonrisa en el rostro del hombre. Acto seguido, se sacó el abrigo, que ya sentía pesado, y lo colgó en el perchero. Se estiró como quien se estira después de una larga siesta, dejó el bastón apoyado en la pared de madera con calados de rayas verticales y tomó el sombrero negro con una mano, lanzándolo por los aires, en dirección al sillón de cuero negro, como un boomerang sin retorno. El sombrero aterriza con éxito en el segundo cojín y el señor Prialis decide sentarse en el primero.
Dadas las circunstancias perimétricas de la sala, el sillón se veía obligado a entrar apretado y, sobre todo, a estar bastante pegado al televisor, separándose por tan sólo medio metro de distancia; y era ésta la distancia ideal para modular el canal y volumen deseados con ayuda de un dedo gordo del pie y un poco de esfuerzo flexible.
El señor Prialis tanteó un rato, buscando algo interesante que ver. Al cabo de unos momentos decidió caer rendido, dejando en sintonía un documental poco interesante que evocaba recuerdos poco gratos en él; un documental titulado “La menopausia: orígenes y consecuencias”. Volteó a ver su pequeña casa de una planta una vez más, y estaba todo tal y como lo había dejado; aún había algunos platos sucios en el lavadero que el señor Prialis estaba decidido limpiar, tal vez mañana, tal vez pasado. Y sin contar ovejas y contando platos cayó en el reino de los sueños, donde éstos gobiernan algunas muchas veces, casi siempre, en él.
Se despertó sintiendo que había pasado tan sólo un instante, como un abrir y cerrar de ojos en el que la noche pasa inadvertida y llega el día descalzo, sin que nadie lo escuche o se percate de su presencia.
El señor Prialis despertó mientras la cabeza le dolía como si un taladro penetrara en su cráneo de forma inescrupulosa al momento que, sorpresivamente, sonaban taladros, soldaduras y martillazos desde afuera. El hombre se encontró con un gran charco de saliva de forma oval en el sillón de cuero, donde su cabeza y cuerpo, que sumaban aún ochenta y cinco kilos, descansaron por un promedio de siete horas. Cerró bien la boca, tragó saliva y se limpió con la manga.
Lamentándose por el charco en el sillón, el señor Prialis cogió su bastón de tres generaciones de uso y recorrió la pequeña porción de su casa camino a la puerta, mientras se cogía la cabeza con fuerza y el dolor lo acechaba al tiempo mismo en que sonaba un ruido intenso desde afuera.
Abrió la puerta con rapidez y se apresuró aún más en recorrer el pequeño patio, divisando a cuatro hombres frente a su reja, dos de ellos en terno, una ridícula corbata michi y un sombrero negro, como de esos antiguos.
El señor Prialis frunció el ceño, achicando los ojos y haciendo una mueca de fastidio con la boca; resaltaron sus arrugas fuertemente labradas. Dejó en paz su cabeza con bastante pelo gris y blanco aún presente y exclamó con fuerza:
- ¡¿Qué demonios creen que están haciendo?! - gritó en pugna del ruido penetrante, levantando el bastón amenazadoramente.
- ¡Más estaño!, ¡más estaño! – terminaba de gritar un muchacho de unos treinta años de edad al obrero que soldaba la puerta de la reja con la reja misma. Mientras, volteaba la mirada, dirigiéndola al viejo.
- ¡Señor, viene usted justo a tiempo! Mi nombre es Franz. Es un gusto – pasó la palma de la mano por la reja, en señal de saludo.
- Y yo soy Marz. Un gusto – hizo lo mismo, extendiendo la mano.
Prialis se vio sorprendido y no remedió más que a responder al saludo y estrechar un par de manos; el taladro penetraba en el piso con fuerza, pretendiendo quebrar el pavimento que cercaba la puerta.
- ¡Dios mío! ¿Podría parar de hacer eso?
- ¡Lo siento, estamos contra el tiempo! – gritó Franz con una sonrisa pragmática mientras el muchacho del taladro seguía haciendo lo propio, sin haber si quiera pestañeado.
El señor Prialis agitó la puerta de la reja, la cual no se movió considerablemente.
- Oh, no se preocupe usted. Quedará compacta y fuertemente soldada.
- Pero, ¿qué hacen? – preguntaba el viejo más preocupado que furioso – ¡Quiero ver papeles, permisos!
- Marz, por favor.
El tipo obedeció de inmediato (de seguro se trataba de un subordinado): abrió el pequeño maletín de negocios y sacó de él un fajo grueso de papeles con pequeñas letras impresas en cada una de las páginas.
- Tiene, digamos, más del tiempo suficiente para leer con atención.
- ¡¿Pero es que acaso están ciegos?! ¡Estoy adentro! - decía Prialis tratando de abrir la puerta de la reja, agitándola con fuerza sin conseguir moverla.
- En efecto, lo está. Y no estamos ciegos… aunque, a decir verdad, tu tía sufre de eso, ¿no es así, Marz?
- Oh, sí, pobre de ella, está perdiendo la vista ¡Tan sólo espero que no sea genético y que no me lo haya heredado!
- Pues es probable, amigo mío... - Marz se sobó los ojos, para percatarse de si aún veía - ¿Y cómo está la familia? ¿Qué tal los niños, la esposa?
- Oh, muy bien, bien. La esposa bien y los niños cada vez más grandes, feos y desobedientes.
Comenzaron a reír, dejando al señor Prialis con la mirada perdida.
- ¡Oye!, ¿y qué me dices de Paula, como está ella?
- Ya te dije que tiene novio, Franz, ¡entiende! - dijo Marz en tono de burla.
- ¡Perdón que interrumpa!, ¡pero exijo una explicación a mi situación! – dijo indignado, el hombre.
- La tendrá, señor César Prialis, la tendrá… pero todo en el momento debido. Entre tanto, usted tiene esos papeles. Allí dice con detalle pequeña porción de lo que tenemos como obligación. Y, verá, usted no hizo caso a las señalizaciones, y eso no es culpa nuestra, escapa totalmente de nuestras manos – respondió Franz al momento en que Marz indicaba al soldador dónde poner unas barras de hierro en el espacio taladrado, para después soldarlas.
- ¿Qué señalizaciones?
- ¡Señor, el letrero es claro! Dice “Cuidado, hombres trabajando”… – dijo tomando el cartel y volteándolo a la vista del viejo, que estaba detrás de la reja – Que usted no haga caso a la ley y sus normas no es culpa nuestra.
- ¿Es esto una broma?
- Oh, no, señor, no. Nosotros no bromeamos, al menos no en horas de trabajo. Tan sólo reímos y, corríjame si cometo equivocación, señor, pero tenemos entendido que reír no es bromear en lo absoluto.
- ¡Pero tengo derechos! ¡No pueden invadir mi propiedad de esta manera! – decía el viejo, desesperado.
- Oh, podemos, podemos. Tan sólo acatamos órdenes superiores y, créame, ellos no conocen la equivocación.
- ¡Que no sean conocedores del error y la equivocación no significa que no la cometan!
- Es eso falso. De otro modo, es muy cierto lo que dice mi compañero Franz: sus cálculos son fríos y perfectamente calculados. Tenemos fe ciega en ellos – argumentó el otro, a favor de su camarada.
- Pero sí que parecen sacados de una comedia de mal gusto, ¡y qué formas de hablar! Apelo a su humanidad, muchachos. ¿Cómo pueden encerrarme de esta manera?
Comenzaron a reír a carcajadas, como si el viejo hubiera contado algún chiste realmente bueno.
- Señor César Prialis, créanos, hemos cometido cosas peores en nombre de la ley - decía Franz con una sonrisa en el rostro, como diciendo lo evidente a alguien que no comprende.
- ¡Y sí que lo hemos hecho!... ¡Es más! Tenemos más visitas que realizar – dijo Marz.
De repente, éste último cambió de gesto inmediatamente, se mantuvo serio y meditó unos instantes. Acto seguido, le susurra algo al oído de Franz; Prialis se empeña en leerle los labios, pero sin obtener éxito alguno. Al rato, Franz dirige una mirada de comprensión forzada al señor Prialis, como una mirada de compasión que se le dirige a un niño, sabiendo que es culpable de la travesura pero que haberla cometido escapa de sus manos; sabiendo que es naturaleza propia del infante.
- Señor, ¿cuántos años tiene usted?... Si bien tengo entendido, usted tiene cincuenta y cuatro, ¿no es así?
- Cincuenta y cinco, contando el día de hoy – dijo, apenado, el viejo.
- ¡Señor!, ¿entonces por qué esa cara? Usted cumple años, ¡alégrese! – exclamó de repente el obrero que taladraba que, habiendo terminado, descansaba sentado en el suelo, observando y escuchando a los hombres, como si se tratáse de una obra de teatro.
- Bueno, señor – comenzó Franz, haciendo caso omiso al comentario del tipo – Ya cincuenta y cinco años… Ya es un poco elevado, ¿no cree?
- No comprendo… ¿qué intenta decirme? – dijo, extrañado, el señor Prialis.
- Que está usted un poco, digamos, coloquialmente, ya un poco viejo – dijo con la misma cara de comprensión pasiva.
- ¿Cómo te atreves, muchacho maleducado? – dijo en tono amenazante, el viejo, empuñando con fuerza el bastón.
- Oh, señor, por favor no me malinterprete… Sólo intento decirle algo simple y, tomando en cuenta su inteligencia, espero pueda entender – hablaba con un tono extremadamente suave; el tono que usas con un loco inofensivo para decirle que, evidentemente, ha perdido la cordura.
- Pues diga, muchacho – respondió impaciente.
- Sólo digo que la edad interviene en nuestra manera de actuar… sólo eso, y creo que es por esto que no comprende como es debido lo que sucede en estos instantes. Nuestro deber, quiero decir.
- No le estoy siguiendo.
- Mire, le pongo un ejemplo simple: un adolescente. Verá usted, éste adolece y siente que ya ha vivido demasiado, así como se siente deprimido o extremadamente feliz; hay un cierto nivel de bipolaridad… Bien, las edades a veces juegan malas pasadas… y es usted ya un poco mayor…
- ¿Me estás llamando senil?
- En otras palabras, sí.
El viejo empuñó con fuerza el bastón y, al ver Franz su reacción, éste alegó: - ¡Pero me lo dijo Marz! ¡Fue todo idea suya!
- Sí, señor, lo lamento. Sucede que, así como casi ciega, también mi tía presenta algunos síntomas de la edad. Déjeme explicarle… - En eso vino un tipo con casco de obrero, silbando y avanzando a paso relajado con un martillo en una mano y una pequeña caja transparente con clavos de hierro en la otra, agitándolos y generando un leve sonido.
- ¡Terminé! Ya tapé todas las ventanas habidas y por haber.
- ¡Bien hecho!
- Bueno, aquí nuestra labor acabó ¡Vamos, muchachos! – y se dieron todos media vuelta, en dirección al este.
- ¡No, por favor no se marchen!
- ¡El deber nos llama, señor! – dice Franz.
- Y no dudamos de su inteligencia, sabemos que podrá comprender la situación – dice Marz al momento en que los obreros se despedían de forma amigable con la mano.
- ¡Demonios, no me dejen! ¡¿Qué no ven?! ¡No puedo moverme con facilidad, y mucho menos podré salir!
- ¡Entonces queda confirmado, hemos hecho bien nuestro trabajo! – dijo Franz en compañía de una sonrisa inescrutable.
- ¡Que tenga un buen día!
- ¡Y que tenga un feliz cumpleaños!
- ¡Malditos sean! – decía agitando con desesperación la puerta; ésta se encontraba compacta y fuertemente soldada. No se movió en absoluto.
Y se retiraron todos, siendo seguidos por el sonido del que cada vez más se alejaban.
El sol salía; el viejo gritaba; las sombras de los hombres se alargaban.
Publicado por Ernesto Chirif W. a las 7:13 4 comentarios
Atardece por el oeste
martes, noviembre 03, 2009Y se sumerge sin salpicar gota alguna
el sol
lejos
en su vasto y poderoso reino
donde lo que es
es simplemente
He decidido
aquí sentado
que iré
a donde el sol se pierde
y me perderé con él
en ese
su inmenso y poderoso reino
para ser
y simplemente ser
Publicado por Ernesto Chirif W. a las 15:16 2 comentarios
Experimento: "Crónicas de un hombre invencible"- Parte última
-Bueno, ahora explícame – dijo el hombre acomodándose en su silla - ¿Soy lo que soy gracias a mi pasado?
-Pero claro, Truman. Me sorprende que alguien tan inteligente como tú no se percate de aquello.
-Ahórrate los cumplidos.
-Está bien… Todos somos producto de nuestro pasado, Truman… -medité unos instantes con el ceño fruncido - ¿Todo tiempo pasado fue mejor? No lo creo, todo tiempo pasado fue anterior. Sí, es como es. No soy adivino, Truman, pero es obvio que hay algo en tu pasado, algo doloroso, algo que te hizo ser quien eres ahora, una herida tan profunda que aún no cicatriza, tal vez porque no has dejado que lo haga… Si quieres que cicatrice, antes debe doler. El alcohol arde, ¿sabes? Algo te pasó, alguna muerte cercana, probablemente. Es por eso que te dedicas a ayudar. Cuando alguien muere comienza una nueva vida, Sr. Risk. Eres de los que ha vivido más de una vez, pero no hablo de temas de reencarnación, ni mucho menos. Hablo de cambiar, de conocer, de reconocer. Dudo que hayas tenido una infancia fácil, pero tal vez hay algo más, algo que te marcó como se marca a los caballos con un grabado hecho en metal y calentado hasta niveles infernales… No debes avergonzarte de nada, sólo te quiero ayudar, eso es todo. Sé que duele, pero debes dejarlo ir, soltarlo, mostrarlo.
Se hizo un silencio como de sepulcro. Truman Risk tenía la mirada perdida en un punto vacío, mirando a la nada. La expectativa del público aumentaba cada vez más. Nadie hablaba, sólo se esperaba.
De pronto y sin aviso previo sucede algo.
La torre se desmorona, se quiebra, se derrumba.
Truman Risk partió a llorar. La prensa se había quedado tan estúpida ante la escena que no era capaz de apretar al gatillo y disparar las luces cegadoras de las cámaras.
El llanto seguía, acompañado por fuertes sollozos y ahogados gritos.
Era un llanto cargado de dolor, de esos que son un volcán contenido de penurias emocionales desde hace mucho tiempo. Eventualmente, el volcán estalla.
La torre parlante se agitaba desconsoladamente, agarrándose la cabeza y apoyando los codos sobre la mesa. Truman se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa. Se quitó, también, el negro sombrero que llevaba puesto y lo posó sobre su pecho, tratando de tranquilizarse. La absorta audiencia tan sólo observaba la película dramática, algunos boquiabiertos y otros sumergiéndose en la historia.
Las lágrimas aún caían, Truman se mantenía cabizbajo con el sombrero sobre el pecho, como si estuviera en el funeral de algún pariente cercano, o en el entierro del mismo.
Entierro.
Frío costero y masas densas de humedad en forma de niebla. Ésta se condensaba de a pocos sobre mi rostro, volviéndose gotas sobre él; las lágrimas nunca llegaron, tan sólo gotas ajenas a mí; gotas del ambiente neblinoso.
Un aroma a flores de invernadero flota en el ambiente. Las mismas flores que nunca supe tratar ahora tampoco saben tratarme a mí. Como quien descuida y es tratado de la misma forma después.
La terapia grupal comienza, esta vez sobre el pasto verde y, por zonas, amarillento a causa del sol voluntarioso. La música suena a todo volumen. Instrumentos de cuerda y viento; voces hermosas entonándose a distintos decibeles y combinándose, formando una masa de sonido tan densa como la niebla misma que circunda el lugar; una gran corriente unificada de voces humanas sin apoyo artificial; pulmones hinchados entonando de forma entusiasta la más profunda de las penas. “Y, de repente, la soledad se puebla.”
El pueblo de pie y el terapeuta, todo envuelto en túnicas blancas, entra en escena, mirando altaneramente a los pacientes y saludándolos con tan sólo la mirada. Un aroma a superioridad surge desde el susodicho. El terapeuta abre la boca lentamente, como quien abre una lata de atún, y la música cesa de inmediato. La lata abre, y lo primero que sale es el aceite: comienzan las prédicas de psicología barata y las declamaciones celestiales, sin lugar a ser cuestionadas, claro. Las palabras van cuidadosamente acomodadas de forma coordinada por movimientos lentos pero seguros, como extender los brazos hacia los lados o levantar la mirada al cielo sin verlo realmente; con los ojos cerrados, a ciegas, es como se hace en nuestros días. Los pacientes, embelesados, reciben, acogen y tragan las palabras como si se tratasen de un alimento divino o del elixir para la vida eterna; la hipocresía y dependencia abundan en el aire. El terapeuta de blanco sin título profesional se retira, siendo seguido por miradas de misericordia.
- ¿Qué habrías dicho? – pregunté al cielo con el pensamiento.
No había mucha gente, tampoco había poca.
Un viejo con pelo gris, en compañía de dos mujeres, una alta y una baja, una adulta y una niña, se aproximaba a mí con la mirada atenta, como estudiándome y preparando palabras adecuadas.
- Lamentamos su pérdida – dijo el anciano – Siempre los recordaremos. Oh, creo que no lo mencioné, conocimos a Naira. Trabajaba con ella y alguna vez la invité a cenar a casa. Nos hablaba mucho de ti, y hasta nos mostró una fotografía. Me apena decírtelo, pero esa es la única manera como te pude reconocer… Esta es mi esposa y esta mi hija – dijo señalándolas, sin, ellas, emitir palabra alguna – Naira fue una gran mujer, y ellos unos niños preciosos…
- Sí, lo sé mejor que nadie – dije fastidiado – Gracias, ya pueden marcharse.
- Adiós, Truman – y, desconcertados, obedecieron, acatando órdenes de un recién viudo.
Como era de esperar, nadie más se acercó a saludar. Nadie me conocía. Permanecí de pie por una par de horas más, paseando por las tumbas, como esperando que dijeran que era todo una falsa alarma. Pero no lo era; deseé que la vida fuera sueño y nada más.
- Naira y los niños fueron la única familia que tuve y las únicas personas que me conocieron… – dijo el hombre invencible al cabo de un momento de ausencia de palabras; las lágrimas aún caían - ¿Sabes que significa Naira? De ojos grandes. Y sí que los tenía, bellos ojos, grises y grandes como un par de lunas… A veces siento que llegaré a casa y encontraré alguna luz encendida y a ella leyendo o contándole alguna historia a los niños. Era muy buena en eso, ¿sabes? Yo nunca tuve ese talento, supongo que no se aprende – su mirada se desvió, siguiendo algo con los ojos, y brillando éstos, descubriendo un castaño verdoso – Es irónico que tan rápido termina una vida. Años de trabajo, de esfuerzo, y, de repente, ¡PLAF!, – dijo juntando con fuerza las grandes palmas de sus manos, dejando un pequeño espacio entre ellas y apresando a una mosca de proporciones exageradas – te aplastan como a una mosca. Y muy pocas veces sobrevives – soltó a la mosca y la dejó ir – Es por esto, Yusded, y entre otras cosas, que no creo en un dios al que le puedo echar la culpa, a quien puedo usar de excusa. Así lo creo, quien aprenda a aceptar la vida tal y como es aceptará a dios a su vez. Y yo aún no lo hago del todo.
Las lágrimas comenzaron a caer otra vez. Truman atinó a una simple cosa. Levantó el sombrero lentamente, hasta que éste llegó a la altura de su rostro. Acto seguido, se hundió con sus pensamientos en él. Unos instantes después se descubrió la cara: ya no había lágrima, pero algo quedaba. Me recordó a un truco teatro que alguna vez me enseñaron, aunque no fue exactamente lo mismo. El truco consistía en poner cara triste y, luego, en pasar la palma de tu mano frente a tu rostro, para luego descubrir un semblante radiante; feliz.
- Tranquilo, Truman – dijo el entrevistador tras haber caminado hacia él, tomándolo del hombro – Déjame invitarte un café, conozco un sitio muy bueno. Incluso trituran los granos de café colombiano ahí mismo. Vamos, ¿qué dices?
- Sí, me vendría bien un café.
Truman se levantó y le dio unas palmadas al muchacho en la espalda.
- Vamos, yo invito, – dijo – ya has hecho bastante por mí – y sonrieron ambos.
Se dieron media vuelta y el público les abrió paso, como si se tratase de Moisés abriendo, en dos grandes mitades, el mar rojo.
Lo mejor y más impresionante fue que nadie se atrevió a tomar foto alguna. Aunque pareció que, en algún momento, alguna luz, tan sólo una, apuntó a las espaldas de Yusded y Truman.
Ambos son hombres.
Todos los hombres son vulnerables.
Publicado por Ernesto Chirif W. a las 14:17 1 comentarios
Día de censo

Era una tarde de octubre. El frío calaba los huesos y el hecho de moverse era un tanto dificultoso. Era menester quedarse en casa para permanecer caliente y, en este caso, para llevar a cabo un exitoso censo; domingo al mediodía, nada que hacer y nada que esperar.
Tras una exhaustiva rutina, el muchacho encuestador, envuelto en polares, dos pares de calzoncillos, dos pares de medias, gorros y guantes sumamente gruesos, llegaba, con un pequeño portafolio de cuero, a uno de sus últimos destinos: la quinta “Roldán”, casa número 301.
La casa constaba de un garaje, dos ventanas delanteras y una gran puerta de madera de caoba, sin mencionar el gran ventanal circular que lucía de forma elegante en la cima del domicilio. Se trataba de una casa antigua ya algo maltratada por los años y con arrugas en el cuerpo que, sin embargo, resultaba bastante atractiva a primera vista. La casa presentaba, también, una apariencia extraña, de esas de lugar abandonado.
Para llegar a la puerta de entrada era necesario subir antes una gran escalera de piedra. Tras hacerlo, el muchacho se sacó el guante derecho, experimentando cierta dificultad al estar enteramente envuelto en lana, y extendió el dedo índice de la mano descubierta, tocando el timbre del 301.
Enseguida sonó un fuerte sonido, estremeciendo al muchacho y haciéndole dar un brinco. Desde dentro se escuchaba una risita, que cada vez se acercaba más, sonando cada vez un poco más fuerte. Sonaron varios candados desencadenándose y, después de algunos segundos de espera, se asomó una cabeza curiosa.
- ¡Hola!, ¿Qué tal? Pase, por favor – dijo el tipo con barba de mucho tiempo en el grande rostro, sonriendo - Bastante real, ¿no? León africano, una preciosura de timbre. ¡Me encanta ver como se llevan un buen susto!
- Y sí que me lo llevé – dijo tímido, el encuestador, mientras entraba a la casa, en dirección a la mano extendida del hombre.
Una bruma de calor invadió al encuestador, percatándose, también, de las ropas que llevaba puestas el hombre con barba: sandalias, pantalones cortos y una camiseta delgada. El clima del interior de la casa era nada más y nada menos que de trópico, lo cual llevó al encuestador, ahora más nervioso, a desabrigarse con suma rapidez. Sin embargo, gotas de sudor ya habrían asomado desde la cima de su cabeza, resbalado por ella y luego por su frente hasta caer de forma inesperada en el suelo alfombrado.
- Oh, debí advertirle del clima, lo siento. A veces me olvido de cómo es afuera. Compro comida por semestre, y así nunca me topo con el invierno – dijo sonriendo, el hombre.
- Ya veo… - dijo el encuestador – Bueno, aún tengo un par de sitios a dónde ir, así que debería empezar – dijo aclarándose la garganta.
- ¿Empezar qué? – pregunta el hombre, desconcertado.
- Pues el censo, claro – respondió.
- Oh, yo creí que venía a visitarme – dijo desilusionado – ¡Bueno!, ¿Qué más da?, ¿Whisky? – preguntó sirviendo.
- Bueno… - y el hombre le entrega un vaso – Está bien, supongo.
- ¡Ni siquiera estaba enterado del censo! – dijo exagerando.
- Pues claro que hay censo, por eso todos están en casa, esperando.
- Yo ando por aquí igual. Todo el día, todos los días. Es más, podrías venir a censarme todos los días, ¡y a censarme hasta que la muerte nos separe! – dijo con una sonrisa cálida.
El hombre deambuló por unos instantes mientras tomaba uno que otro trago de su Whisky Jim Beam, a mitad del pleno día, con cierto aire nostálgico.
- Puedes tomar asiento. Justo ahí – el encuestador toma asiento sobre uno de los sillones verdes con tono amarillento que, sin lugar a dudas, habían sido tocados por el tiempo. El hombre lo miró, como si estuviera a punto de tomarle una foto, y se retiró unos instantes.
La casa presentaba parámetros bastante amplios. Olía a polvo y a libro antiguo. El encuestador era amante del olor a libro antiguo por razones que desconocía. Tal vez porque evocaba en él recuerdos, y dicen que el olfato es el sentido que más estimula la cinta de memoria.
La casa se veía maltratada, aunque de manera agradable; el tiempo había dejado marca. Parecía, hasta cierto punto, un lugar de venta de antigüedades: habían pipas de todo tipo, tocadiscos, muebles envueltos en telas antiguas, alfombras con diseños disparatados de apariencia europea, una máquina de escribir Underwood, un teléfono de madera con chapas de cobre, una colección de botellas de coca-cola, unos cuantos relojes de madera muertos que indicaban con capricho una misma hora a todas horas… pero lo que más llamó la atención del entrevistador fue, sorprendentemente, algo nada antiguo. Frente al sillón donde tomaba asiento había una especie de mesa, en la que el barbudo posaba una bandeja de bocadillos tras una corta ausencia.
- ¿Bocadillos? – preguntó ofreciendo – Veo que ya te fijaste en mi nueva mesa. ¡Al fin le encontré un buen uso a esos libros de porquería! Y mira, se ven muy bien.
El entrevistador tomó un pequeño pan con queso de cabra de la bandeja casi como por reflejo, observando la gran mesa cuidadosamente acomodada de libros de todo tipo.
- Y no creas que odio los libros, ¡para nada! Soy amante de la lectura, pero me han ido atiborrando con estos libros infames. Desgraciados...
- Bueno, empecemos – dijo el joven desorientado.
- ¡Vale! – dijo emocionado, el hombre de las barbas, como si estuviera a punto de empezar algún juego.
- Em… ¿Nombre? – pregunta el encuestador, nervioso.
- Antonio Mississippi.
- ¿Eso es un nombre?
- ¡Pero claro!
- Bueno. ¿Tiene algún segundo nombre? ¿Y su segundo apellido?
- Nada de nada. Antonio Mississippi, sin más.
-Está bien, está bien, te contaré la historia. – dijo el señor Mississippi al ver tan desconcertado al muchacho – No es nada del otro mundo. Mis padres eran hippies, fieles a sus creencias; paz y amor, quiero decir… – dijo alzando dos dedos, el índice y el medio, de la mano izquierda – Y, bueno, una época vivieron en la región sur de los Estados Unidos. ¡Querían ser hippies al pie de la letra! En fin, la cuestión es que compraron un terreno, bueno, mejor dicho, lo tomaron prestado, y comenzaron a plantar hierba. Sucede que los federales encontraron ese terreno y comenzaron la persecución. Tras días de huir, mis padres llegan a las orillas de un hermoso río, el Mississippi. – dijo sonriendo - Y allí fue donde perdieron de vista a la autoridad, ¡se burlaron de ella! – dijo levantando el índice a la altura de su pómulo – y tras una noche de celebración, pasión y mucha marihuana crearon esto, – dijo señalándose el pecho – decidiendo llamarlo bajo el nombre de Antonio Mississippi, en honor al río que salvó sus pellejos.
El entrevistador quedó absorto.
- Lo sé, lo sé, es algo impresionante. Estoy muy orgulloso de ellos. Bueno, ¿piensas continuar?
- Emm… sí, ¿algún familiar?
- Claro, mis padres.
El encuestador comenzó a hurgar con la mirada.
- Pero se fueron de viaje.
- ¿A dónde?
- Quién sabe. Tal vez al cielo, tal vez al infierno. ¿Tú qué crees?
El encuestador se puso pálido y comenzó a sudar de nuevo.
- ¡Era broma, tranquilo, muchacho!, ¿no has oído hablar del humor negro?
- Disculpe, pero debo hacer el censo. A lo que me refería era a si vive con alguien o no.
- Oh, bueno, tan sólo vivimos… – desvió levemente la mirada y abrió grande los ojos – ¡Marx!, ¡Nietzsche!, ¿Qué diablos hacen?, ¡Dejen de estropear el sillón! Discúlpeme, ¡son unos maleducados!… ¡Ejem!, y yo también, no los presenté como es debido. Éstos son mis amigos, gatos y acompañantes: Marx y Nietzsche.
-¡Dios mío! –dijo pálido y estremecido, el muchacho, al ver a los felinos.
- Oh, son mansos, no se preocupe. Llevan ya cinco años conmigo. Son tan sólo gatos, muchacho, ¿a que le teme? Actúa como un niño. ¿Quién lo diría?, miedo a los gatos – comenzó a dar de carcajadas – Oh, ¡soy un tonto!, tampoco introduje a su conocimiento a mi gran loro onomatopéyico, bueno, su verdadero nombre es Patricio, porque lo trato como a uno.
- ¿Loro onomatopéyico?... – preguntó el entrevistador sudoroso y con la voz quebrada sin apartar la vista de los felinos -que ya se retiraban- presionando los costados del sillón, en donde reposaban sus codos y manos.
- ¡Así es! Así es como lo llamo, es un gran seudónimo. Ya lo verá, muchacho – dijo Antonio Mississippi con una sonrisa ancha.
Sonó algo siendo degollado y un felino volvió a entrar en escena.
- ¡Ya te dije que no traigas a esas ardillas!, ¡y mucho menos si están muertas! – gritó molesto el señor Mississippi – ¡¿Qué has hecho, Nietzsche?! – comenzó a arrebatarle al animal la criatura muerta.
El encuestador pareció afligido por la escena. Si bien por los gritos, también por la presencia de aquellos animales. Acto seguido, sonó un avión volando por los cielos, haciendo temblar levemente la colección de botellas de coca-cola del estante antiguo.
- ¡Fuuuuuuuuuuuuuuuuuuu!
- ¡¿Lo escuchaste?! – dijo volteando rápidamente – Ese es mi querido loro onomatopéyico. Nunca aprendió a imitar palabras, tan solo sonidos de cosas, como el avión que acaba de pasar. ¡Friedrich Nietzsche!, quédate justo donde estás, ya vengo– se paró y se dirigió a un pequeño patio interior – ¡Dios, no está en su jaula! ¡Loronomatopéyco!, ¿qué diablos haces? ¡No te comas mis plantas! ¡Patricio, maldito loro! ¡Suéltalas, maldito demonio! – gritaba furioso mientras luchaba a duelo con el loro, que mordía las plantas de apariencia extraña con mucho ahínco.
El encuestador, temblando, se paró como un títere a medias desarmado; a medias armado. Cogió el portafolio y sus papeles sin cuidado, doblándolos todos. Marx, el otro animal, comenzó a arañar el sillón y, acto seguido, comenzó una riña con Nietzsche por obtener la presa.
El muchacho estaba temblando cada vez más. Atinó, desesperado, a dirigirse rápidamente a la puerta, evitando obstáculos y cosas tiradas en el piso a causa del alboroto de los animales.
El encuestador llegó al fin a la puerta, tomó el cerrojo rápidamente y lo giró, jalando con fuerza. La abertura se vio interrumpida por la mano de Mississipi, quien no pretendía dejarlo salir.
- ¿Qué haces, muchacho?, ¿no piensas terminar con el censo?
- ¡No! ¡Ya he tenido suficiente de usted y sus animales! - gritó el hombre al medio de la histeria.
- ¡Pero ni siquiera sé tu nombre, muchacho!
- Yusded Onel, ¡hasta nunca!
- ¡Quédate! – exigía el hombre.
- ¡No, Señor! Esto no es normal ¡Lo que usted necesita es otro tipo de asistencia! – habiendo pronunciado las últimas palabras, dio media vuelta, terminó de abrir la puerta y la cerró bruscamente tras haber salido aprisa.
- ¡JA!, ¿Otro tipo de asistencia?, ¿Qué me dices de eso, Marx? – preguntó Mississippi mirando a la fiera.
Lo último que se escuchó fueron pisadas apresuradas, un fuerte grito: “¡TAXI!”, y un motor tosiendo y encendiendo, siendo forzado a ir a muchos kilómetros por hora.
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Diálogo inédito 1
lunes, noviembre 02, 2009- Papá, una pregunta.
- Dime, hija.
- ¿Qué es irse a la mierda?
El padre se vió sorprendido, y no le fue posible ocultarlo: abrió la boca levemente y decidió improvisar.
- ¿De dónde has sacado eso, Daniela?
- Se lo escuche decir a un señor... se lo decía a otro... ¿Dónde queda eso, papá, es un buen sitio?
- Pues nadie sabe con exactitud. Pero te puedo decir que no es un lindo sitio.
- ¿Y a qué se refería ese señor? Parecía como molesto, ¿habrá querido que su amigo se vaya de viaje?
- No lo dudo, amor. Lo único que sé y que puedo decirte es que existen sedes infinitas, interminables, de ese lugar. Pero no es recomendable ir.
- ¿Y eso porqué?
- Ya crecerás y lo entenderás. Por ahora tan sólo te digo una cosa, hija mía: si algo tenemos en común los árabes, estadounidenses, noruegos, irlandeses, mexicanos, peruanos... en fin, todos. ¡Si es es que tenemos algo en común es que todos podemos ir a ese lugar! ¡Y en especial nos pueden recomendar ir!... Sólo te pido que no lo repitas, hija.
- Está bien, papá.
Publicado por Ernesto Chirif W. a las 15:03 1 comentarios