Feliz día papá

martes, marzo 17, 2009

Animal de Invierno

Otra vez es tiempo de ir a la montaña
a buscar una cueva para hibernar.

Voy sin mentirme: la montaña no es madre, sus cuevas
son como huevos vacíos donde recojo mi carne
y olvido.
Nuevamente veré en las faldas del macizo
vetas minerales como nervios petrificados, tal vez
en tiempos remotos fueron recorridos
por escalofríos de criatura viva.
Hoy, después de millones de años, la montaña
está fuera del tiempo, y no sabe
cómo es nuestra vida
ni cómo acaba.

Allí está, hermosa e inocente entre la neblina, y yo entro
en su perfecta indiferencia
y me ovillo entregado a la idea de ser de otra sustancia.

He venido por enésima vez a fingir mi resurrección.
En este mundo pétreo
nadie se alegrará con mi despertar. Estaré yo solo
y me tocaré
y si mi cuerpo sigue siendo la parte blanda de la montaña
sabré
que aún no soy la montaña.

José Watanabe

Jueves 23 de abril

miércoles, marzo 11, 2009

8:30 am:

-Hola Doctor-el doctor hizo un ademán de saludo-Mire, no he estado muy bien últimamente. Estoy harto de vivir en esa pocilga. Estoy harto de mi madre y su mal genio.

-¿Y no ha pensado en independizarse?

-Sí, Doctor, pero siento que aún no estoy preparado.

-¿Y cuántos años tiene, otra vez?-dijo el doctor agarrándose el mentón y frunciendo el ceño.

-Bueno, me han dicho que luzco menor, pero estoy por los cincuenta.

Hubo un silencio prolongado.

-¿Y usted doctor?, ¿Cuántos años tiene?-dijo el paciente Chávez con cara de curioso infante.

-No es relevante, Jorge.

-¡Hasta ahora no sé nada de usted doctor!, no me parece justo. Debo saber algo de usted, usted sabe todo de mí-dijo Jorge Chávez con su enorme y rechoncha cara reprochando a su terapeuta.

-Esto no es un intercambio de información, usted viene porque tiene problemas. Hábleme de ellos y por favor deje su curiosidad de lado-respondió el doctor.

-Está bien doctor, como usted diga.

El tiempo pareció interminable. El caso era un tanto inusual: Un hombre de cincuenta años que todavía vivía con su madre y que tenía, por ende, problemas para afrontar el mundo exterior, o “la cruel realidad”, según denominó el paciente.

Cruel realidad era la que vivía la siguiente paciente.

10 am:

-Hola Doctor-dijo tímidamente la paciente.

-Hola, Margaret. Cuéntame, ¿como has estado?

-Eh, mucho mejor, doctor-dijo la esquizofrénica mientras su cuerpo temblaba levemente, casi inconscientemente-Me recomendaron unos medicamentos y me dijeron que cada vez que tenga la misma sensación rara que tengo me tome una píldora de éstas-acto seguido, sacó con las manos temblorosas una pequeña caja de su abrigo, empuñándola como algo divino que nunca jamás soltaría.

Margaret era una señora de unos cuarenta todavía algo guapa y con rastros de haberlo sido más aún. Tenía el pelo un tanto ondulado y largo, pero nada desordenado, sin embargo. Su rostro era fino y pálido. Tenía labios rojizos que contrastaban de manera agradable con su palidez; una nariz bonita; unos ojos grandes y verdes como jades. Era una mujer delgada con un atuendo algo absurdo: abrigada por arriba y casi desnuda por abajo. Llevaba un abrigo de invierno marrón grueso, una falda de verano delgada y blanca con pequeños calados en la parte inferior y unas sandalias color mostaza que descubrían unos pies muy bien cuidados.

Ya que el doctor se especializaba en tan sólo psicología emocional, Margaret era la paciente con más problemas. Sin embargo, ella insistió en tener alguien con quien charlar, o alguien a quien contarle sus problemas.

-Ya me va mejor con mi familia, doctor-dijo Margaret con una sonrisa nerviosa-ya me disculpé con ellos. Doctor, sé que estoy enferma y eso es lo que más me apena. He pensado en dejar de frecuentar a mi familia, siento que sólo les traigo problema. Y cuando estamos juntos siento que fingen que les agrado. Me cuesta hablarles de mí. ¿Y qué me dice de usted doctor?, la verdad es que nunca se lo pregunté, ¿es usted casado? ¿Tiene hijos?

-Margaret, esta es una sesión para hablar de usted y de sus problemas, por favor prosiga-ella asintió algo desconcertada.

La paciente se comenzaba a soltar, era común en Margarette coger mejor el rumbo después de unos quince minutos de iniciada la sesión. Y así siguió contando su incomodidad con la gente y con su familia.

Mediodìa:

-Doctor, hola, ¿cómo está?

El doctor fingió una sonrisa lo mejor que pudo y se acomodó en el sillón, tomando un sorbo del té que yacía en el estante cercano a él.

El cuarto no era muy grande, era lo suficientemente íntimo como lo exigía la relación doctor-paciente. El ambiente olía a complicidad. Las paredes eran color melón, había un cuadro en la pared de algún artista lo suficientemente bueno como para estar allí, tanto para los pacientes como para el doctor. Había una ventana mediana con una persiana que se mantenía la mayor parte del tiempo cerrada. Los únicos muebles eran los dos sillones (uno para el doctor y otro para el paciente) y un estante, donde el doctor guardaba apuntes y una gran agenda, muchas veces copada. Había una sola puerta en el cuarto.

El paciente tomó asiento y acomodó su convexo cuerpo lo mejor que pudo en el sillón.

-Doctor, estos sillones son algo pequeños-dijo el paciente con cara de fastidio, mirando al sillón como si tuviera la culpa de no haber sido tan cómodo para él.

-Disculpe si no son de su agrado, son los únicos que encontré-dijo el doctor más serio que de costumbre.

-Doctor, aún nadie se fija en mí, ¿será porque soy gordo?

-No te preocupes Rodrigo, cuando menos te lo esperes, estarás en una relación inolvidable-dijo el doctor con cara aburrida.

-Es que no entiendo a la gente doctor. Hoy en día sólo se fijan en lo de afuera, pero sé que sólo importa lo que uno lleva dentro-el gordo se señaló el corazón con cara de inocente crédulo.

El doctor suspiró y siguió escuchando por dos horas más.

Si había un espacio vacío en la agenda del doctor era en días como éste de dos a cuatro de la tarde.

El timbre sonó. El doctor, algo somnoliento, se paró y arrastró a duras penas su cuerpo a las afueras del pequeño cuarto. Se dirigió a la escalera y jaló la pita que recorría desde la punta de la escalera hasta la palanca de la puerta. La puerta se abrió y lo primero que entró fue un olor a Chanel.

Entró la mujer con más personalidad que un doctor haya podido tener como paciente. Entró una señora de setenta que lucía de cincuenta y un poco más. Venía perfumada hasta los dientes y traía ropa de color chillón: chillón rosado y chillón púrpura. El atuendo era, ciertamente, un disfraz de carnaval tropical. El doctor tuvo que hacer un esfuerzo para reaccionar después de ver semejante escena, denominada “deslumbrante ante los ojos de cualquier humano”.

-Hola doctor-dijo la anciana chillona con una sonrisa coqueta.

-Hola-dijo el doctor casi tartamudeando, absorto todavía.

-Tengo buenas noticias, me conseguí a uno joven-dijo la señora sonriendo de mejilla a mejilla.

-Sí, sí, puedo notarlo... ¿Desde cuándo?

-Desde hace unas horas... Bueno, sólo quería hacértelo saber, nos vemos, señorito doctor. ¡No se me vuelva loco, por favor! -sonrió nuevamente y le dio unas palmaditas a la cabeza despeinada del doctor.

El doctor no reaccionó hasta que escuchó el portazo, antecedido por una fuerte oleada de fragancia de perfume caro.
La señora no era una paciente.

El doctor no tenía más citas ese día, así que cogió su saco y su maletín y emprendió su camino a casa.

El doctor estuvo repasando en su mente la escena anterior, la de la mujer escandalosa que no era una paciente. Después pensó en todos sus pacientes y siguió pensando, esta vez en voz alta.

-Todos tienen problemas para relacionarse -dijo el doctor quedamente- no los culpo- se dibujó en su rostro una gesto de mona lisa.

Siguió caminando, pasando por grandes edificios, de esos que tienen muchos espejos. Vio una cara cansada en el reflejo de su rostro.

El Doctor cruzó la acera a paso lento, sacó despreocupadamente sus llaves, haciendo sonar el cascabel de su llavero. Insertó la llave suavemente, la giró y abrió la puerta. No había nadie en casa, sólo un fuerte olor a perfume.

Introducción: Con inicio aparente y sin final.

Nuestra historia comienza de un modo peculiar. Digo "nuestra" con afán de sentirme acompañado. Empieza en el final. Pero este no es un final feliz y pintoresco, no. Este es un triste y frío final.
Mi historia comienza con una muerte cercana, una muerte ajena, que es propia en cierto sentido. La muerte de uno mismo puede llegar a ser, sorprendentemente, hermosa. Claro que una muerte depende de muchas circunstancias.

La muerte conlleva a un final, a un punto. Sin embargo, la muerte en sí no es el final definitivo, al menos no para nosotros, los que quedamos.
Entonces recordemos, la muerte de alguien cercano es simplemente el fin de una etapa. Después de este frío y triste final un nuevo período nace, una nueva vida comienza.
La muerte ajena es siempre un punto y aparte. La muerte ajena también nos hace vivir.
Mi historia comenzó hace unos dos años,
con una muerte ajena
.