El muro aún enhiesto. El tercer mundo ya tiene nombre. La Gran Depresión acecha en la penumbra y salta de cuando en cuando a matar del susto a quien ose asomarse. El jazz suena en cada bar y cabaret; en el cine se proyecta a un Gran Dictador declamando un gran discurso; el arte es ahora popular y en crítica al consumo. Sin embargo, es moda de los más ricos. Tenemos derecho al derecho de tenerlo todos. La luna ha sido pisada; en la humanidad la huella yace fresca. Superhéroes luchan día a día con la gran demanda de imprenta, ahora colorida. El bien común y el judío son mal vistos; es época de caza.
En la plaza llueve mucho. En tardes como ésta, con cielo rojizo y marea alta, cuando la brisa enfría y el sol se esconde, nadie se salva de la gris mancha del dinero; aves guaneras, grandes hacedoras de dinero gris.
Posa la estatua solemne de un patriota panzón, medio calvo y con barbas en abundancia. Se lee algo de "su semblante resplandece" grabado en la piedra caliza. La cabeza de la dura estatua, tan bañada en dinero gris, mira en dirección a un bar bastante frecuentado: "El Chirif", con dueño del mismo nombre.
Debo confesar que no he visto demasiados atardeceres, pero, sin duda alguna, puedo decir que el atardecer en la plaza es el más hermoso que jamás haya visto. Desde el bar, de forma particular, el paisaje de atardecer se aprecia de manera espectacular. Desde que tengo memoria tomo asiento sobre la acera tibia y apoyo la espalda sobre la límpida pared de cálidos colores del bar. En la fachada, en la parte superior donde me siento y siento, hay un amplio ventanal que se mantiene cerrado la mayoría del tiempo. Hoy no es la mayoría del tiempo y el ventanal abierto está, de par en par.
El murmullo del interior del bar es bastante intenso y llega hasta mis oídos. Se oyen voces fuertes, voces toscas, voces y toses graciosas y risas de todo tipo. La curiosidad me mueve a alzar la vista y asomar la mirada. Enseguida conecto voces con caras y caras con voces. Diviso tres mesas cercanas a mí. A la izquierda, en la primera mesa, están dos tipos muy parecidos. Uno tiene la apariencia de ser más bajo en estatura. Éste lleva un smoking, sombrero de copa y zapatos negros alargados y bien lustrados, sin mencionar el bastón clásico que descansaba en la silla contigua. Aquel sujeto descubría un rostro gracioso y simpático, pelo negro un tanto ondulado y bigote cuidadosamente cortado en forma trapezoidal. Al frente de él estaba su acompañante, que al parecer era su hermano o, mejor dicho y para ser más específico, su gemelo malvado. Éste último llevaba el negro cabello hacia un costado y un rostro frío y serio. Tenía, también, un bigote-trapecio muy bien cortado. El personaje lucía molesto; llevaba un traje militaresco. El gemelo malvado se movía enérgicamente, golpeando la mesa, levantando el brazo derecho en línea recta (95 grados) y pronunciando lo impronunciable con palabras intentendibles y grotescas: -"Er freiwillinger kerl, sonderbaren! ¡Er war unter der und gesell entfes erten! ¡Pum. pum, pum, Fürer!" - escupía las palabras como si tuvieran mal sabor, refunfuñando en un tono rasposo y poco musical. Al ver esto, el gemelo bueno, la simpática imitación, hacía esto mismo: imitar. Hacía gestos exagerados, muecas y movimientos en burla, acompañadas por palabras ridículas y con falta de sentido, aunque con una mejor orientación musical.
En la mesa contigua, a la derecha de la anterior, se encontraban otros dos sujetos. Uno de ellos traía puesto un atuendo muy anticuado, tenía bigote, barba con apariencia punzocortante y mucho cabello a los costados de su cabeza, el mismo que hacía falta en la parte superior de ésta. El tipo le reprochaba algo a su compañero pecoso y bastante mayor, quien llevaba una gorra, pantalones hasta los tobillos y un polo a rayas con tirantes gastados, uno en línea recta y el otro en diagonal: -"¡Ser o no ser! ¡Entiende, ese es el dilema!"... -"Es que no me tienes paciencia" - respondía el anciano disfrazado de infante.
En la tercera y última mesa, la más próxima a mí y al ventanal, se encontraba un hombre en compañía de sí mismo. Éste, acomodado sobre la silla y con apariencia de ser mucho más del doble de grande que ésta, reposaba su rostro sobre la palma de la mano izquierda, apoyada sobre el codo apoyado en la mesa. El sujeto llevaba un anillo grande y ostentoso en el meñique, con tamaño de índice, de su mano izquierda. Llevaba, también, un grueso saco sobre el elegante traje inglés. Se trataba, a ciencia cierta, del ícono del dandísmo en persona. Aquél hombre traía consigo un rostro sumamente elegante, fino e inmaculado, siendo suave, tosco, liso y duro a la vez, como lo es una gran estatua de piedra de Miguel Ángel.
Noté que aquél hombre miraba hacia un punto fijo con mucho detenimiento, tan callado y quieto. El bar entero sumiso y ocupado en ser, no ser, feliz, molesto, triste... Y sin embargo este hombre miraba atento, en dirección al ventanal. Quise saber qué observaba con tanto ahínco, así que volví la mirada. El cielo costero mantenía una intensa gama de colores cálidos, acomodados tras casas, la plaza y su estatua y acompañados por el sol dormitante y la luna gris o blanca, que ahora era un tanto amarillenta; y todo esto delante de nosotros.
El atardecer resplandecía ante sus ojos... Y ahora también ante los míos.
-"A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un sólo instante"* - le oí decir.
*(Oscar Wilde)
Choque de mundos
jueves, septiembre 17, 2009Publicado por Ernesto Chirif W. a las 12:02 1 comentarios
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